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El
curso de la polItica
española de guerra y paz en la frontera chichimeca recibió una poderosa
influencia durante la década de 1560 a 1570, por la exacerbada
hostilidad chichimeca y el fracaso de los intentos del gobierno por
apaciguar a los tribeños del norte. La primera gran alianza de las
tribus chichimecas atacó la frontera minera de los españoles en 1561; la
supresión de tal alianza, lograda por las medidas militares españolas,
sólo aportó un alivio temporal a los campos mineros, ranchos ganaderos y
tráfico de los caminos. Los devastadores asaltos perpetrados durante los
años siguientes produjeron un clamor generalizado de que el gobierno
entrara en acción resueltamente para acabar con la amenaza chichimeca.
El virrey don Gastón de Peralta, marqués de Falces (1566-1567), probó
entonces la propuesta de paz, sin éxito alguno. Al término de la década,
el gobierno virreinal consideró necesario volver a emprender la guerra
en gran escala contra los nómadas del norte: la guerra “a fuego y a
sangre”. Durante dos décadas del intento pacificador de Falces
(1566-1567), una limitada “guerra a fuego y a sangre” constituyó la
principal respuesta española a la hostilidad chichimeca.
Para cuando el cuarto virrey de
México, Martín Enríquez (1568-1580), empezó a atacar con cierto vigor el
problema chichimeca, en 1569-1570, ya había habido suficientes luchas
entre españoles y chichimecas para poder discernir cierta pauta en este
tipo de guerra. Ya hemos mencionado algunos de los mayores problemas
militares a los que se enfrentaban los españoles; un examen más
detallado de algunos ejemplos de esta lucha pueden completar el cuadro,
mostrándonos a lo que tenían que enfrentarse los colonos soldados de la
frontera. La historia de la confederación chichimeca de 1561 nos permite
observar los métodos de ataque indio y de represalia española.
La escuela de indecisión española
y de incapacidad de capitalizar sus victorias iniciales, con el
consecuente aumento de los ataques chichimecas, prolongaron la guerra, y
pronto obligaron a tomar medidas enérgicas al gobierno virreinal y a la
audiencia de la Nueva Castilla.
El peligro creciente en que
estaban las minas de Zacatecas empezó a preocupar profundamente al
virrey durante 1650, y los pasos que dio Velasco para reducirlo ya han
sido delineados. Durante los primeros cinco meses del año siguiente, los
ataques y los daños causados por los chichimecas se intensificaron con
rapidez, y llegaron más cerca que nunca de Zacatecas.
Antes de que los españoles de esa
ciudad pudieran tomar medidas preventivas, la lista de asesinatos, daños
a la propiedad y atrocidades cometidos por los zacatecos llegó a ser
larga y desalentadora. A cinco leguas de Zacatecas mataron a Alonso
Hernández y a otro español que estaba con él en su estancia así como a
algunos peones negros e indios; en este caso despoblaron tierras que
producían más de 1500 fanegas de maíz anuales. Quemaron la estancia de
Ana del Corral, donde la mataron a ella junto con su hijo y robaron
mucho ganado, también a cinco leguas de Zacatecas. Dos recuas que se
dirigían desde estas estancias hacia la ciudad fueron asaltadas: los
arrieros fueron muertos, así como los caballos y las mulas. Las
estancias de Diego de Ibarra en Tepezala fueron asaltadas; murieron el
administrador, su sobrino y muchos obreros indios. A tres o cuatro
leguas de Zacatecas, atacantes indios quemaron la hacienda y los
sembradíos de Antón Sánchez; lo mataron y se llevaron su cuero cabelludo
junto con los de otros españoles, negros e indios. No hubo estancia o
sementera (campo de sembradío), del distrito de Zacatecas que no hubiese
sido atacada por los chichimecas. Alrededor de las minas de San Martín y
Avino ocurrió durante el mismo período una serie de ataques similares.
Para cuando los españoles
comenzaron a preparar su defensa, la ciudad de Zacatecas y las minas de
San Martín y Avino se hallaban virtualmente en estado de sitio, casi
completamente aisladas por grandes números de guachichiles y de
zacatecos. Aún los más numerosos convoyes de carretas tenían
dificultades para llegar a las minas. En Palmillas, unas cuantas leguas
al sur de Zacatecas, el ataque a una de dichas cuadrillas dio por
resultado el martirio de fray Juan de Tapia, la muerte del carretero y
de un gran número de indios; otros del grupo, incluyendo al alcalde
mayor de Teocaltiche, salieron con heridas. La actividad minera quedó
casi paralizada por la gran pérdida de mulas, la falta de provisiones,
la cercanía del peligro indio y la partida de muchas personas que se
fueron al sur en busca de seguridad. La producción de plata fue tan baja
que cierto día el quinto real no pasó de 17 marcos de plata; en
un día normal, tal impuesto habría producido 600 marcos o más. La falta
de abastecimiento causó una súbita alza de los precios; en Zacatecas, el
maíz triplicó su precio, la harina y el vino lo duplicaron con creces;
en San Martín, donde el peligro era mayor aún, el maíz se vendía a seis
veces su precio normal, la harina y el vino a precios superiores al
cuádruple del normal. La falta de abastos aceleró el ritmo de pérdidas
de ganado: Temeño de Bañuelos perdió 33 mulas en veinte días por falta
de alimentos. Los obreros indios estaban abandonado las minas.
La causa de todas estas
penalidades fue descrita por Pedro de Ahumada Sámano, el capitán que
finalmente trató de suprimirlas, como “una rebelión y la liga general
entre los indios de las naciones guachichiles y de Zacatecas”. El mismo
capitán atribuyó la confederación al hecho de que los ataques
anteriores, particularmente de los guachichiles, hasta entonces habían
quedado impunes y los aborígenes se habían envalentonado por esta falta
de represalias. La liga fue formada por los caciques y principales de
los guachichiles y zacatecos alrededor de San Martín, Avino y Zacatecas,
llegando por el sur hasta el poblado de San Miguel “que es el primer
pueblo de indios amigos en el gobierno de México”; una distancia total,
de uno a otro extremo, de casi 120 leguas.
El núcleo de la liga era el
Malpaís, terreno volcánico lleno de cavernas que cubría unas 200 mil
hectáreas al norte de Nombre de Dios y al este de Durango. El lugar
ofrecía, sitios ideales para los guerreros indios; allí podían vivir de
abundantes conejos, tunas y palmitos (palmeras enanas, al parecer la
yuca) en un terreno casi inaccesible para los jinetes españoles. El
lugar se hallaba a una cómoda distancia de muchos de los campamentos
importantes, especialmente de las prósperas minas nuevas de San Martín.
Para la defensa india, el Malpaís era tan favorable que muchos españoles
consideraban imposible desalojar de allí a los indígenas; uno de los
soldados que sirvió con Ahumada departió esta opinión del propio
Francisco de Ibarra. En vísperas de las campañas españolas contra la
liga india, se dijo que en el Malpaís había aproximadamente 800
guerreros y entre 8 y 13 caciques. De este núcleo partían órdenes
estratégicas y contactos destinados a poner a otras tribus en pie de
lucha contra los españoles. Los indios de Malpaís eran los de Avino,
Peñol Blanco, el valle de Guadiana, Amanquex, Saín, Zacatecas y hacia el
sur, hasta el valle de Tlatenango. Se decía que otros estaban esperando
el resultado de los primeros combates antes de unirse a las tribus
hostiles.
La liga chichimeca de 1561 al
parecer tenía algunos tentáculos diplomáticos que se extendían hasta el
territorio de los tepehuanes, hacia el oeste y los cazcanes, hacia el
sur. Por lo visto, los zacatecos y guachichiles lograron hacer buena
propaganda a su causa y persuadir a otras tribus de que los cristianos
eran cobardes y de que los chichimecas eran valientes y mejores en la
lucha, como podían verse por el hecho de que habían muerto y asaltado a
mucha gente y los cristianos no habrían podido cobrar venganza; para
probarlo, llevaron cabezas y armas de los españoles a los tepehuanes.
Esto inclinó favorablemente a los tepehuanes a la liga; “levantaron
sus tiendas y se llevaron sus mujeres a las montañas y se levantaron en
armas”. Después, al ser arrojados del Malpaís, los zacatecos trataron de
refugiarse entre los tepehuanes, pero éstos, habiendo presenciado la
derrota de los zacatecos, no hicieron la guerra abierta a los españoles.
Estos, que sabían de la liga y de sus ramificaciones por medio de
intérpretes y de chichimecas capturados, espías y exploradores, después
hablaron en estos términos de la conexión de los cazcanes: “e se
dezia por muy cierto que la platica del dicho alzamiento se tratava con
los preincipales de paz de los cazcanes de todo este rreyno” [la Nueva
Galicia].
Al sur los de Chapulí (en las
montañas que están más allá de Tepeque y que dominan el valle de
Tlaltenango) fueron invitados a sumarse a la rebelión. Se dijo que
tenían más de 1500 guerreros (probablemente una exageración) en puestos
inexpugnables; siguieron siendo hostiles mucho después de las luchas de
1561. Estos tepeques enviaron 400 guerreros al Mezquital, pero la
campaña de Ahumada contra el Malpaís se inició antes de que pudieran
enviar más para unirse a la liga. Los zacatecos que bordeaban los
territorios cazcanes persuadieron a estos últimos a rebelarse; los
propios zacatecos comenzarían las hostilidades. Finalmente, los cazcanes
no se levantaron en armas, pero empezaron a mostrarse muy arrogantes
hacia los españoles y los frailes que había entre ellos por la época de
levantamiento.
Uno de los padres franciscanos
que había entre los cazcanes advirtió de esto a Ahumada, que desde
entonces mantuvo un ojo vigilante sobre los guerreros cazcanes que
servían a sus órdenes como auxiliares.
Ahumada replicó que las minas de
Zacatecas llevaban muchos días en peligro, así como los caminos que allí
conducían; que él ya había salido muchas veces con soldados a sus
expensas, a perseguir a los atacantes indios. Durante estas ausencias,
los chichimecas no habían atacado la ciudad. Ahumada alegó que sus
incursiones habían sido ineficaces porque los indios se refugiaban en
sus retiros montañosos, donde no podía llegar la caballería; para
despojarlos se necesitarían muchos españoles e indios aliados y grandes
provisiones de maíz, y otros artículos de los que había gran escasez.
Hasta el momento la falta de abastecimiento había determinado que sólo
se aprovisionaría a los mineros. Si Ahumada emprendía operaciones en
grande escala alrededor de Zacatecas, los resultados serían
insignificantes y le impedirían el golpe mucho más importante que él
planeaba contra el corazón mismo de la confederación india en el Malpaís.
El mismo día -26 de julio- habían llegado cartas de San Martín,
informando a Ahumada de la crítica situación que imperaba allí:
claramente era de mayor urgencia y valor estratégico impedir una
victoria india en San Martín, que, de lograrse, podían levantar toda la
región contra los españoles. Ahumada insistió en llevar a cabo su plan
original de proceder directamente contra el Malpaís sobre todo porque
los soldados, los aliados indios y los abastos ya estaban en camino para
ayudarlo en su campaña.
Para que Zacatecas quedara
protegida en su ausencia, Ahumada informó a los funcionarios que dejaría
a Juan de Portugal y a diez soldados bien equipados en el paraje del
Cuicillo, para escoltar al tráfico del camino que llegara a la ciudad.
Una persona quedaría encargada de armar a los vecinos y de dirigirlos,
de ser necesario, contra los atacantes. Las haciendas de los alrededores
ya habían recibido aviso y en Zacatecas quedarían tantos hombres con
equipo de guerra como los que Ahumada se llevaría consigo a San Martín.
A mayor abundamiento, los funcionarios que le pedían quedarse sabían
bien que el ataque de Palmillas (que tanto los alarmara) no había sido
causado por negligencia del propio Ahumada, sino por el descuido de
Diego Delgadillo, alcalde mayor de los llanos (Teocaltiche), Martín de
Salazar y otros que iban en estas carretas. De haber tenido estos el
cuidado debido, habían podido rechazar el ataque indio; pero se había
descuidado, creyéndose tan cerca de Zacatecas que ya estaban a salvo.
Luego, el capitán Ahumada exigió
que cesaran las protestas contra el curso de acción que había escogido:
ya había discutido el asunto exhaustivamente con los residentes
principales y ellos habían aprobado su expedición estratégica contra el
Malpaís. Para terminar su argumento, pidió que los funcionarios de la
hacienda le dieran fondos de la real caja para llevar más hombres al
campo de batalla. De no recibir estos fondos, se quejaría a la autoridad
superior, señalando que todos los daños que pudieran ocurrir se deberían
a que no habían accedido a su petición.
El primer paso de Ahumada para
llevar a efecto sus planes fue colocar una guarnición en el paraje de
Cuicillo, a nueve leguas de las minas de Zacatecas, donde se unían los
caminos de México y de Michoacán, y otros soldados en la estancia de
Saín, entre Zacatecas y San Martín, “camino de Guadalajara y Tlatenango”.
(Más tarde, cuando Ahumada recibió noticias de que había una gran
concentración de guerreros en las cercanías, envió más soldados a
Cuicillo y a Saín). Luego, el capitán Ahumada envió al teniente Gonzalo
de Ávila con algunos soldados a San Martín, para que inmediatamente
sirvieran de refuerzo y con el propósito de hacer creer a los aborígenes
del Malpaís que en aquella dirección estaba avanzando la fuerza
española. Con esta vanguardia partieron abastecimientos en dos
cuadrillas de 40 o 50 carretas. Ahumada se quedó en Zacatecas con la
mayoría de sus hombres aguardando la llegada de los aliados indios,
Ahumada salió de Zacatecas y se encaminó a San Martín. Después de
permanecer en el Valle de Sichú esperando la llegada de algunos
zacatecos aliados, toda la expedición llegó a San Martín entre el 10 y
12 de julio. Unos cuantos soldados zacatecos, a las órdenes de Cristóbal
de Argüello, se quedaron atrás, pero llegaron a tiempo para el ataque al
Malpaís.
En San Martín, el capitán Ahumada
reclutó más aliados indios entre los mexicanos y tarascos de la región.
Las fuerzas de Ahumada salieron casi inmediatamente para acampar en el
Valle de Sichú, a cuatro leguas de San Martín, donde los vecinos tenían
tierras cultivadas. Mientras esperaba allí que llegaran más aliados
zacatecos de San Miguel y los soldados de Argüello, Ahumada ordenó que
se construyera una casa fuerte para defender a los aliados indios que
estaban limpiando las sementeras casi arruinadas por falta de atención.
Los propietarios de estos cultivos pagaron su trabajo a los indios, así
se salvaron los abastecimientos; en consecuencia, los residentes de San
Martín contaron con mucho grano. El campamento de Ahumada se encontraba
en el río de la estancia de Pedro de Quiroga, en el límite mismo del
Malpaís. Desde allí, sus exploradores afirmaron que los indios aún
estaban en el Malpaís, y se tomaron precauciones para que los aborígenes
no se enteraran de la llegada de los españoles.
Ahumada y un grupo de cinco
jinetes avanzaron desde el campamento, penetrando en el Malpaís, y
empezaron a hablar con algunos de los aborígenes. En la primera
entrevista, hablando por medio de unos intérpretes mexicanos llevados de
San Martín, se ofreció a los chichimecas el completo perdón por sus
depredaciones pasadas, a cambio de su promesa de paz. Estos términos
fueron aceptados tentativamente y los indios ofrecieron muchas excusas
por las hostilidades anteriores; se les dieron entonces alimentos y
otras cosas, en señal de paz y amistad. En los dos días siguientes se
efectuaron similares conversaciones de paz, cada vez en un punto más
avanzado del Malpaís. En el cuarto día, Ahumada y tres jinetes se
quedaron un poco atrás por temor a una traición y otros dos, con
intérpretes y abastecimientos, ya conocidos de los negociadores
enemigos, avanzaron para parlamentar. Después de unos gritos de los
intérpretes, aparecieron los indios y se iniciaron las negociaciones;
los indios del Malpaís, recibieron los alimentos que les ofrecían.
El capitán Ahumada pronto
advirtió que sus hombres se habían internado en el Malpaís, más allá de
sus indicaciones; se hallaban en posiciones peligrosas, donde sus
caballos no les serían de ninguna utilidad. Envió a un hombre para
prevenirlos; este soldado pudo retirar algunos de los aliados indios que
habían estado llevando abastos a los chichimecas. Pronto los soldados y
los intérpretes se encontraron en plena escaramuza con los chichimecas,
y la partida de Ahumada avanzó para ayudarlos. Después de una breve
lucha para librar a los de a pie, la fuerza española se retiró con dos
soldados y todos los caballos heridos, y los chichimecas se internaron
en el Malpaís. Las fuerzas de Ahumada habían alcanzado un objetivo:
conocer el camino de entrada al baluarte chichimeca. Con esta
información, frustradas sus esperanzas de paz, Ahumada preparó a sus
soldados para el combate.
Al amanecer el día siguiente, las
fuerzas españolas avanzaron hasta el punto de la primera escaramuza. El
capitán Ahumada dejó una guardia de doce caballos y ochenta aliados en
la entrada del baluarte de los indios y luego avanzó con su principal
fuerza de infantes, más de una legua por el Malpaís. Guiados por el humo
de las hogueras indias, los españoles llegaron a unas rancherías casi
abandonadas. La mayoría de los indios había huido. Unos cuantos habían
decidido pelear, y los hombres de Ahumada mataron a veinte guerreros. Se
hizo un esfuerzo por perseguir a los demás, pero el terreno resultó
impenetrable; después de quemar las chozas de las rancherías, los
soldados se retiraron. Al día siguiente, los españoles volvieron a
atacar a pie, y esta vez penetraron cuatro leguas por el Malpaís; al
amanecer hicieron un ataque a algunas rancherías, pero las encontraron
desiertas. Después de quemarlas, los hombres retornaron al campamento.
Al día siguiente se efectuó otra expedición, que llegó hasta el lugar en
que los chichimecas habían derrotado al alcalde mayor de San Martín.
Sucesivas entradas se hicieron en otros puntos del Malpaís, hasta que
los chichimecas fueron expulsados, en gran parte, de sus refugios
volcánicos. Los guerreros del Malpaís se encaminaron entonces hacia el
valle de Guadiana y Amanquex. Los soldados de Ahumada descubrieron el
rastro de los indios y se lanzaron tras de ellos allende el río Guadiana.
Finalmente, tras una marcha forzada, los españoles alcanzaron a sus
enemigos en las sierras de Guadiana. La lucha dio por resultado la
muerte o captura de más de 200 guerreros aborígenes, ante los ojos de
los tepehuanes. Aquella demostración de fuerza propició un tratado de
paz con esta nación, impidiendo así que acudiera en ayuda de los
chichimecas.
Al volver al campamento de
Malpaís, el capitán Ahumada se enteró de que los indios de Avino, Peñol
Blanco y el Mezquital, se habían congregado a unas 24 leguas del Malpaís.
Después de un avance de tras días, Ahumada atacó a este grupo, derrotó a
los guerreros reunidos e hizo 200 prisioneros. Esta victoria conjuró el
peligro que había pesado sobre las minas de San Martín y Avino.
Uno de los episodios de esta
campaña muestra que los guerreros aborígenes no aceptaban fácilmente el
cautiverio. Cien guerreros hechos prisioneros en el Peñol Blanco fueron
encerrados y atados a una casa de Avino; pero rompieron ligaduras,
derribando la casa y con piedras atacaron a los españoles que montaban
guardia. Hirieron cerca de una docena de sus captores y lucharon desde
la media noche hasta el amanecer. Los indios finalmente se rindieron
después de la llegada de más españoles, procedentes del campamento de
Ahumada, distante una legua y media, encabezados por el maestre de campo
Cristóbal de Argüello.
En octubre, Pedro de Ahumada y
sus soldados volvieron a Zacatecas; casi inmediatamente, Ahumada dirigió
su pequeño ejército contra los guachichiles, al este y sur de las minas.
Cuatro días después de salir de Zacatecas, los españoles atacaron una
ranchería de guachichiles, capturando y matando a más de 100, entre
ellos algunos de los que habían dado muerte a fray Juan de Tapia en
Palmillas. Entonces, el capitán Ahumada recibió noticias de una gran
concentración de las tribus guachichiles - según decían más de 1500 -
“en un tunal cerca de Las Bocas en el camino de México”. Debe recordarse
que estas zonas eran un gran centro de población guachichil, y base de
muchos ataques al camino de Zacatecas en los alrededores de San Felipe.
Al recibir estas noticias (de unos de los guachichiles capturados),
Ahumada envió a Cuicillo, bien vigilados, a los prisioneros que había
hecho y se dirigió en busca de los del Tunal, llevando como guía a uno
de los prisioneros.
Después de parte de un día y toda
la noche, al amanecer la fuerza de Ahumada llegó hasta el Tunal y a una
ranchería abandonada, en las estribaciones de la sierra. La tropa tuvo
que retornar entonces a Cuicillo por falta de agua. A continuación se
dieron tiempo para castigar a los guachichiles prisioneros. Unos fueron
ejecutados, otros fueron sentenciados a la amputación del pulgar y de
otro dedo para que no pudieran usar más el arco y la flecha. Ahumada
volvió entonces a dirigir sus hombres al Tunal de los guachichiles.
Esta vez, los jinetes que
constituían su avanzada descubrieron a un explorador indio en el Tunal.
Por él supieron que en la primera ranchería que había atacado Ahumada,
uno de los aborígenes había escapado y había informado a las otras
tribus de la llegada de los españoles. En consecuencia, los indios de
San Miguel retrocedieron ante Ahumada, evitando el combate, pero
manteniendo vigilados sus movimientos por toda la sierra, merced a su
sistema de vigías. (A su regreso final a Zacatecas, Ahumada se enteró de
que los guerreros guachichiles siempre habían sabido por sus
exploradores dónde se encontraba. En cuanto abandonó la búsqueda en el
Tunal, sus enemigos indios retornaron allí).
El relato que hace Ahumada de la
estrategia que habían preparado los guachichiles, tal como se las
relataron sus prisioneros (el capitán y otros principales del grupo que
habían capturado cerca de Zacatecas), es de interés para que
comprendamos el peligro al que los españoles se enfrentaban
frecuentemente en esta frontera. El plan de ataque guachichil (fue
temporalmente aplazado por la llegada de las fuerzas de Ahumada) exigía
una reunión de todos los indios de la zona de San Miguel como parte de
la liga chichimeca. Una vez reunidas las tribus en el Tunal, se
dividirían en dos grupos principales: uno iría a Las Bocas para atacar
el tráfico del camino y el otro se dirigiría al paraje de Las Palmillas.
La llegada de Ahumada a Las Bocas, camino al tunal, había coincidido con
la llegada de 160 carretas cargadas de mercancías y provisiones que iban
de México a Zacatecas. Los guachichiles habían estando observando la
caravana y habían planeado caer sobre ella cerca de Las Bocas. Ahumada
calculó que si no hubiesen prevenido el ataque, los daños habrían podido
ser hasta de 120 mil ducados.
La pacificación lograda por
Ahumada, aunque luego resultase temporal, fue el primer gran esfuerzo
militar contra los chichimecas. Cortó en flor un esfuerzo indígena de
unión que, de haberse concentrado, habría podido producir una
conflagración de las proporciones de la Guerra del Mixtón de dos décadas
antes. La liga (o levantamiento) chichimeca de 1561 fue uno de los
mayores esfuerzos comunes de las tribus nómadas contra la intrusión
española. En años posteriores y en ciertas zonas, los ataques
chichimecas volvieron a ser tan frecuentes, tan dañinos y tan bien
coordinados que los españoles creyeron ver confederaciones semejantes a
la de 1561.
A mediados de la década, era
claro que la hostilidad chichimeca no había disminuido alrededor de los
campamentos mineros al norte y oeste de Zacatecas. Poco después de la
fundación de Nombre de Dios en 1563, las actividades de Ahumada fueron
seguidas en la zona de San Martín por unas expediciones de españoles,
mexicanos y tarascos, encabezados por un capitán cuya importancia iba
creciendo en la frontera chichimeca: Rodrigo del Río de Loza. Estas
operaciones probablemente ocurrieron en los años de 1565-1567.
Aunque durante la década imperó
la indecisión ante la amenaza chichimeca, para entonces tanto las
autoridades eclesiásticas como las civiles ya estaban madurando ciertos
planes para enfrentarse al peligro; asimismo desde el punto de vista
estrictamente militar expresado de la guerra. Simultáneamente a las
campañas de Ahumada, en las planicies del norte un sacerdote propuso
audaces ideas para la solución del conflicto. Fray Jacinto de San
Francisco (fray “Cintos”), que se hallaba al norte de Zacatecas desde
1559, envió al rey un informe (20 de julio de 1561) en que proponía
medidas que se contrarrestaban con los pasos propuestos por Ahumada. Las
principales recomendaciones del fraile eran: el rey no debía permitir
que se declarara la guerra a los chichimecas. Debía conseguirse a un
espía, temeroso de Dios y persona conocida y de experiencia, célebre por
su celo en servir a Dios y convertir indios. El rey debía conceder
tierras para los cientos de españoles que requería este esfuerzo
pacificador y dichos colonos sólo pacificarían a los aborígenes de tal
modo que éstos pudieran oír a los religiosos. Cada español debía
esforzarse por ser bueno, contentarse con las concesiones reales de
tierras o minas y no codiciar las concesiones de los indios. El capitán
y caudillo de los españoles sería nombrado por los franciscanos, ya que
estaría allí para protegerlos. Llevaría el título de coadjutor y
ayudador de la fe, en lugar de títulos temporales que sólo satisfacieran
vanidades. Alonso de Zurita, oidor de la audiencia de México y conocido
por su interés en los indios, era el hombre más indicado. Habían de
darse medios de vida no sólo a los colonos españoles, sino también a los
aborígenes, los que estuviesen en paz y a los que hubiese que pacificar
aún. Si esto parecía costoso, podía tomarse de los quintos de las minas
situadas más allá de Zacatecas, donde los indios, hoy en guerra,
pacificados y donde se descubrirían nuevas minas al avanzar la
pacificación.
Los planes de Fray Cintos no se
siguieron de acuerdo con sus idealistas lineamientos, pero acaso
tuvieron algún efecto sobre la pacificación de varios lugares allende
Zacatecas en la primera mitad de dicha década. El más importante de
estos lugares, habitado por españoles, sacerdotes, tarascos, aztecas y
chichimecas pacíficos fue Nombre de Dios, de importancia estratégica
para la pacificación de la zona de San Martín-Durango que tan cerca
estuviera del desastre en la lucha de 1561.
En cambio, un tercer tipo de
opinión, ejemplificada en las ideas del gobierno de la ciudad de México
- el cabildo - por la misma época (1562) hacía ver la necesidad de unas
medidas enérgicas y aún crueles para acabar con las incursiones de los
chichimecas. En ciertas recomendaciones redactadas a principios del año,
que habían de presentarse a la corte real de España, este cabildo
resumía el problema chichimeca hasta el momento, y expresaba la
necesidad de un remedio similar al propuesto por el capitán Ahumada:
“La desverguenza de los
chichimecas a llegado a tanto que ay ya pueblos enteros levantados de
los que estaban en paz y de cada día va creciendo el daño y muy mayor de
año y medio a esta parte y aunque el señor Bisorrey don luis de belasco
en lo que es de su gobernación ha procurado el castigo y rremedio
enviando personas que lo hagan y pongan no se ha hecho bastantemente
porque los oydores mayores del nuevo rreyno de galicia en cuya
gobernación han sido y son los mayores daños que no tienen comisión de
su megestad para ellos ni para poder gastar de su rreal hacienda cosa
alguna”.
“Por la extrema necesidad y
rremdio de dicho bisorrey ha mandado pagar y gastar de la rreal caxa
desta cibdad lo que forzosamente no se ha podido escusar y porque el
principal rremedio que se podrían poner en y sería condenado a servicio
a los que se hallaren culpados y para esto en la gobernación de galicia
y en la de aqui y en esta rreal abdiencia se dice que no hay facultad
bastante de su magestad para hacer y siendo caso de justicia y tan
necesaria la ejecucion della para seguridad y aumento desta tierra e que
de dilatarse el castigo a estos salteadores y rrobadores podrían
rredundar no solo mayores daños que los pasados pero ponerse en
condicion de perderse este nuebo mundo se suplique a su magestad sea
servido mandar rremediar con brevedad tanto mal comentiéndolo al señor
visorrey como capitan general desta nueba españa syn embargo de que sea
fuera de su governacion al cual se le de facultad bastante para que
castigue a los culpados con todo el rrigor de las leyes condenando a
muerte y a mutilacion de miembros a los que conforme a ellas lo
merieceren o condenandolos a servicio de catorce o quince años para
arriba y no siendo mugeres lo cual sera mayormente muy mejor para
escusar las dichas muertes de tales delinquentes que forzosamente a de
haber ejecutandose en ellos el rrigor de la ley y porque se hallaran con
mayor facilidad españoles que vayan a ello con sus armas y caballos y se
ejecutara la justicia a menos costa de la rreal hacienda”.
Los constantes ataques
chichimecas a mediados de la década de 1560 finalmente provocaron una
acción del sucesor de Velasco, don Gastón de Peralta, marqués de Falces,
que gobernó entre septiembre de 1556 y octubre de 1567. Falces inició un
esfuerzo para atraer a la paz a los chichimecas mediante negociaciones,
y terminó decidiéndose a entablar contra ellos la guerra “a fuego y a
sangre”.
En varias cartas sucesivas a las
audiencias de la Nueva Galicia, a partir de enero de 1567, Falces
delineó sus planes de paz ante dichos funcionarios y también trató de
poner límites a la jurisdicción de tales audiencias, para que no
entrasen en conflicto entre si, de tal modo que no pusiesen en peligro
la solución del problema chichimeca. Estas cartas indican que la
audiencia neogallega ya había ordenado reclutar hombres para atacar a
los aztecas y los guachichiles, a las órdenes de dos capitanes: Martel y
Balbuena. Falces reprobó estos planes agresivos; ya había dado a los
chichimecas un período de tregua, prometiendo que si se pacificaban en
un mes serían recibidos sin hostilidad y se les perdonaría sus pasado
crímenes. La tregua se extendió posteriormente en dos semanas, hasta el
15 de febrero. Falces puso en claro a los funcionarios de la Nueva
Galicia que actuaba siguiendo instrucciones reales y de acuerdo con su
autoridad de capitán general de la Nueva España. Exigió que los soldados
que se habían reunido en la Nueva Galicia fueron desbandados y que no se
hicieran entradas hasta que así lo ordenara el virrey. Expresó su fe en
que pronto estaría pacificada la frontera.
La respuesta de los funcionarios
de Guadalajara al virrey fue tajante. El 11 de febrero contestaron que
Alonso de Castilla, con una comisión del virrey, había ordenado la
proclamación de un edicto virreinal en la Nueva Galicia y había entrado
en dicho reino con una bandera, un mazo de justicia y todo en cuerpo de
soldados. Esto iba contra las órdenes del rey; él mismo había definido
los límites de la Nueva Galicia dentro de los cuales la audiencia de
Guadalajara estaba a cargo del gobierno y de la justicia; la audiencia
de México tenía sólo jurisdicción retenida. Así, los actos de Castilla
fueron causa de escándalo e inquietud entre la población del reino, y su
llegada estaba causando la despoblación de los pueblos indios, contra el
interés del rey. El que la audiencia de Guadalajara hubiese comisionado
capitanes para hacer la guerra a los chichimecas en la Nueva Galicia era
legal y siempre lo había sido. Si el virrey podía mostrar órdenes reales
en sentido contrario, entonces Guadalajara las obedecería y Castilla
recibiría toda la ayuda que se pudiera darle en su campaña. A mayor
abundamiento, este mismo Alonso de Castilla había sido enviado a la
Nueva Galicia un año anterior (1566) por la audiencia de México, con el
mismo propósito (proclamar la paz a los chichimecas y pacificar el
país). Había entrado en pueblos pacíficos que estaban pagando tributo al
rey y había hecho investigaciones; ahora había vendido a muchos indios y
hasta había procedido contra los residentes españoles; muchos indios
habían abandonado otros pueblos. Todo esto era un flaco servicio a Su
Majestad.
Una segunda carta de Falces,
fechada el 20 de febrero, se refería a pruebas anteriores que habían
presentado en Guadalajara, de su propio nombramiento como capitán
general, que automáticamente ponía en sus manos todos los poderes de la
guerra. Nuevamente informaba a la audiencia que, a causa de la
hostilidad de los chichimecas, había nombrado como lugarteniente y
capitán general a Alonso de Castilla, quien recibiría, de ser necesario,
toda la ayuda de los funcionarios de la Nueva Galicia recibió órdenes
perentorias de no permitir que partiera ninguna expedición que no fuese
autorizada por el propio Castilla. Esta carta al parecer fue enviada
antes de que llegase a Guadalajara la del 11 de febrero.
La respuesta del virrey a la
carta de Guadalajara el 14 de febrero, reiteraba la comisión dada a
Castilla y exigía que los funcionarios de Guadalajara pusieran en sus
manos la cuestión militar. Castilla gozaba de la confianza del virrey y
tenía poder para comisionar a otros capitanes, si la audiencia deseaba
poner a consideración de Castilla los nombres de buenos soldados. El
virrey explicaba sus actos haciendo ver:
“Que por apretarnos tanto los
yndios chichimecas quando yo llegue a esta ciudad y por haber hecho
tantos daños antes que yo viniese me parecio romper la guerra con ellos
y para justificar de ella mande que don alonso de castilla hiziese
pregonar en las fronteras donde asisten que viniendo de paz y por todo
el mes de enero se les perdonaria sus delictos y se les darían solares y
asientos para vecindarles y justicia y doctrina conveniente y vistoque
no venian mande darles prorrogacion hasta quinze deste mes en que
estamos dentro del qual tiempo parece venydo algunos de paz y se han
avezindado donde les ha sido señalado. . . y lo que a mi me ha movido
cometer el dicho don alonso este negocio ha sido entender que los ha de
seguir como buen caballero ques y por tenerle el miedo que le tienen por
donde creo o vendran de paz o se retiraran. . .” .
Luego Falces se disculpaba por no
haber enviado antes su nombramiento de capitán general a los
funcionarios de Guadalajara; finalmente, había sido enviado, ocho días
antes, al parecer con su carta del 20 de febrero.
Hasta el 10 de abril no se
recibieron en Guadalajara las cartas virreinales de enero y febrero. Al
día siguiente, los oidores escribieron al virrey, en términos similares
a los anteriores, diciéndole que la Nueva Galicia no debía considerarse
dentro de la jurisdicción del virrey como capitán general o gobernador y
que, a menos que el virrey pudiese mostrar una autorización oficial de
la corona, los dos reinos serían por los neogallegos como dos
jurisdicciones distantes y podrían encargarse de sus propios
nombramientos y expediciones militares. Si el virrey deseaba un capitán
nombrado por la Nueva Galicia, ellos -los oidores- se encargarían de
nombrarlo.
El 4 de mayo el virrey respondió
a este desafío a su autoridad en términos muy enérgicos: “Eme
maravillado mucho que una audiencia tan prudente como esa me haya
escripto las palabras de su carta representando acudir poco al servicio
de su magestad y que yo sea capitán general. . .”.
Falces hacía ver la inferioridad
de la audiencia de la Nueva Galicia, diciendo que no tenía sede especial
ni jurisdicción apelativa. También hacía notar que él, como capitán
general, estaba autorizado a disponer de los fondos necesarios para
hacer guerra, no así la Nueva Galicia, salvo con autorización especial
(que no había recibido en aquel caso). Entre estos argumentos, el virrey
afirmaba que “...sería de gran inconveniente que hubiese dos
tenientes generales en tierra tan corta y contra enemigos sin haziendas
ny fuerças descalços y desnudos sin región ni juzticia que no poca
verguença es no haberlos allanado y asegurado asta ahora y de que
vuestras mercedes hayan dado aviso a su magestad y se le den siempre de
lo que yo proveyere recibire mucho contestamiento que eso mismo hare yo
todas las vezes que entienda que a su servicio conviene.”
Si hemos reproducido aquí este
enconado e inútil intercambio epistolar, es porque ilustra varios
factores básicos de la pugna entre los españoles y los chichimecas. Por
una parte, el conflicto por la jurisdicción entre las dos audiencias
-conflicto que continuó durante el medio siglo de guerra contra los
chichimecas- se nos muestra ahora como un grave obstáculo a las
operaciones militares y a la paz. La confusa situación financiera en lo
correspondiente a la guerra fue otra gran debilidad (que se mostró en
esta controversia, en la experiencia de Ahumada y en las recomendaciones
del cabildo de la ciudad de México a la corona) y también un subterfugio
para evadir las responsabilidades de la defensa, especialmente en la
Nueva Galicia. Asimismo, el fracaso del esfuerzo de paz de Falces hizo
casi inevitable la decisión del gobierno virreinal en favor de una
guerra total contra los chichimecas -la espada en lugar del ramo de
olivo- , y esta decisión, a su vez, había de determinar una
intensificación de la esclavitud.
Para mediados de 1567, era claro
que el gobierno de la Nueva España, fuese el de la audiencia de México o
el de la Nueva Galicia, aún no estaba capacitado para tratar los
problemas cada vez más urgentes -y complejos- engendrados por la
hostilidad de las tribus del norte. Aún no estaba determinado el
mecanismo financiero; no había una política definida sobre cómo tratar a
los chichimecas capturados (y la posibilidad de su esclavización
vinculada con los incentivos para reclutar soldados que lucharan en
aquella frontera); no había un sistema de establecimiento de fuerzas
militares en la frontera. Virtualmente, no se había tomado ninguna
medida para la protección sistemática de los caminos entre los
asentamientos del sur y las nuevas minas, o entre un campo minero y
otro. La colonización defensiva y la utilización de aliados indios aún
no se habían decidido; en suma, los grandes problemas de la guerra de la
frontera no estaban resueltos.
Puede señalarse varias causas
fundamentales de la indecisión del gobierno hasta tal fecha. Por una
parte, el gobierno virreinal aún estaba sufriendo los efectos de la
lucha política por las encomiendas, lucha que alcanzó su clímax a
mediados de la década de 1560; en comparación los problemas chichimecas
parecieron secundarios. En segundo lugar, aún no se había percatado
nadie de todo el peligro de la hostilidad chichimeca, pese al número
creciente de recomendaciones de que se tomaran medidas drásticas. En
tercer lugar, el gobierno de la Nueva España aún no tenía plena
conciencia de que había que hacer cambios definitivos en la organización
militar para subvenir a las necesidades de la guerra contra unas tribus
nómadas. Inevitablemente, tales cambios tendrían que ser en dirección de
una fuerza gobernada por el Estado, pues la anterior dependencia de las
armas y los bolsillos de jefes militares particulares cuyos pagos y
recompensas eran frecuentemente inciertos o largamente demorados, no era
suficiente para la acción militar cotidiana, necesaria para prevenir un
ataque desde cualquier dirección y casi en cualquier momento.
En los últimos años de la década
hubo más y más súplicas de mineros, sacerdotes y otros, solicitando una
acción enérgica y pidiendo que tal acción cayera bajo la responsabilidad
real y no bajo la privada. Los mineros de Zacatecas y de otros campos
del norte enviaron representantes al rey, para que se hiciera algo;
habían sido asesinados tantos españoles, sacerdotes, esclavos negros e
indios pacíficos, habían sido quemadas tantas estancias, que la minería
se encontraba en grave peligro y algunos sitios estaban despoblándose.
La respuesta real fue una cédula fechada el 20 de abril de 1567,
que ordenaba al gobierno de la Nueva Galicia dar los pasos necesarios
para proteger los caminos y las minas. Un tercio de los gastos los
pagaría el tesoro real, pese a las órdenes anteriores en sentido
contrario; las otras dos terceras partes las pagarían los mineros y
otras personas interesadas. Tal respuesta fue insuficiente y no debe
sorprender que causara gran desilusión. Las quejas continuaron.
En Guadalajara, el obispo Ayala
seguía luchando por lograr que los oidores hicieran algo contra las
incursiones de los chichimecas. En un momento dado, pareció que se
tomarían medidas; pero surgió una disputa por la autoridad cuando se
llegó al punto de decidir quién debía perseguir a los chichimecas, y
finalmente nada se hizo. El arzobispo, airado, volvió a censurar a los
oidores por su inacción y ellos llegaron a enfurecerse contra el
entrometido clérigo.
Ayala siguió enviando informes al
rey urgiéndole a la acción; en marzo de 1568 le indicó que los ataques
de los chichimecas estaban acercándose a la propia Guadalajara, hasta
lugares donde los aborígenes nunca habían sido atacados. En octubre de
1568 volvió a quejarse el rey de que no se hacía nada al respecto del
problema chichimeca; en cambio, los alcaldes mayores, corregidores y
otros españoles estaban haciendo redadas de indios pacíficos y
llevándoselos como esclavos, causando así más hostilidad india. Cuando
los españoles avanzaban contra las rancherías de los chichimecas, por
anticipado hacían sonar las trompetas, permitiendo así escapar a los
guerreros; entonces fácilmente podían tomar cautivos a las mujeres y a
los niños. Naturalmente, los guerreros se mostraban más decididos que
nunca a tomar venganza.
Un año después, el obispo no
dejaba de insistir:
“La tierra de mi obispado es muy
rica en mina; todo fuera de él, es pequeño en tal respecto. Aun así, hay
causas de pobreza, como yo he escrito a Vuestra magestad y especialmente
los muchos asesinatos que cometen los chichimecas y otros asaltantes
[aparentemente negros cimarrones] causando grandes pérdidas al tesoro
real. Para que vuestra majestad comprenda muy claramente lo cierto de lo
que le he escrito, repetiré las palabras que el guardián de Guadalajara
escribió al respecto. . . que son las siguientes: “En un periodo de 15
días, los chichimecas han matado dentro de doce leguas de Guadalajara,
en una ocasión a 19 indios y a 40 caballos cargados -hace quince días el
12 de febrero, mataron a 100 indios y saquearon un pequeño pueblo- el
remedio propuesto es una vergüenza”. Estas son las palabras que escribió
el guardián. Por reverencia de Dios, pulga a vuestra majestad ordenar
que se ponga remedio a esto, según la necesidad; de otra manera, esta
provincia se perderá.”
Otras fuentes de la Nueva Galicia
confirmaron las advertencias del Arzobispo. Comentando la audiencia (el
4 de marzo de 1569) la cédula real que establecería la división de pagos
para defender los caminos contra los chichimecas, avisó al rey que el
peligro chichimeca era mayor que nunca; en la Nueva Galicia se temía que
los ataques causaran la rebelión de los indios pacíficos. Ya se
desconfiaba de algunos de ellos y ciertamente estaban en estado de
inquietud, “por menor causa y por menores principios brotó la rebelión
del Mixtón”.
Se había hecho urgente una
enérgica acción gubernamental para pacificar la frontera chichimeca. Los
viajes por los caminos del norte casi se habían interrumpido; las
sierras de Guanajuato estaban en grave peligro y Comanja fue borrada del
mapa por un ataque chichimeca en 1568 o 1569; los zacatecos merodeaban a
unas cuantas leguas de Zacatecas, se había prohibido abandonar la ciudad
a los mercaderes y viajeros, salvo con licencia especial. Aún en la
capital de la Nueva España hubo preocupación por los informes de ataques
a 20 leguas, y algunos pensaron que el poderío español en México se
hallaba seriamente comprometido. Los campos mineros de la lejana
frontera -muchos recién establecidos por la actividad de Ibarra- estaban
en situación particularmente precaria; por ejemplo, Mazapil -abierto a
principios de 1568- se encontraba en inminente peligro de un ataque
indio, y lo mismo podía decirse de Indé y de San Martín. Desde los
puestos más avanzados del norte, en Santa Bárbara y Tezazalca, al sur
del río Lerma, y de Guadalajara a la Huasteca, la frontera se hallaba en
llamas y el peligro era grande.
En esta
coyuntura entró en escena un nuevo virrey, afortunadamente destinado a
prestar gran atención al problema durante un período de 12 años. Con él,
la defensa contra los chichimecas inició una nueva fase, de mejores
sistemas y de planeación gubernamental más consciente para la
pacificación de la frontera. Su administración había de constituir uno
de los puntos más elevados del esfuerzo militar español contra los
guerreros del norte y haría uso de nuevos métodos para enfrentarse a tan
crítico problema.
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