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DON LUIS DE VELASCO, el primero de tal nombre que gobernó México, entró en
la capital mexicana a fines de 1550 para suceder al muy capaz don Antonio de
Mendoza. El gobierno de Velasco, que duró catorce años, había de tener en
términos generales una gran importancia para la Nueva España, posiblemente
solo inferior en realizaciones a la de su predecesor. En los registros del
conflicto del norte, que precisamente por entonces iba difundiéndose, la
administración de Velasco marcó la primera fase de un programa gubernamental
para resolver la Guerra Chichimeca.
Las principales medidas de Velasco, con respecto al conflicto de la
frontera, fueron: la exploración organizada para la expansión y el
apaciguamiento de la frontera; el establecimiento de poblados defensivos,
españoles e indios, para contener los ataques de los chichimecas,
regulaciones especiales para proteger el tráfico en los caminos de la plata;
unas pocas represalias militares contra los depredadores indígenas,
comisiones y privilegios especiales a los caciques otomíes por sus servicios
contra los chichimecas.
De
estas líneas principales de una incipiente política fronteriza, quizá sólo
la primera pueda considerarse como cabalmente desarrollada durante los años
del gobierno de Velasco, sobre todo como se manifiesta en las exploraciones
del joven Francisco de Ibarra, sobrino de Diego, por los rincones más
remotos de la nueva frontera de la plata. El establecimiento de poblados y
los esfuerzos encaminados a proteger los caminos, fueron dos medidas que no
llegaron a desarrollarse bien hasta la administración de virreyes
posteriores.
Las órdenes de Velasco en el sentido de tomar represalias fueron pocas, y en
gran parte inefectivas. El empleo de aliados otomíes fue extensión de una
práctica anterior (con aztecas y tlaxcaltecas) en la conquista de México,
que ahora trataba de adaptarse a un nuevo tipo de conquista. También esta
política estaba destinada a alcanzar eficiencia en años posteriores.
La
intensificación de la guerra de la Gran Chichimeca fue sólo uno de los
varios problemas urgentes a los que se enfrentó Velasco al tomar posesión de
su cargo, pero esta hostilidad chichimeca fue uno de los primeros asuntos a
los que prestó atención. Su temprano interés en esta guerra, en medio de
otros muchos problemas considerados vitales para el buen orden de la Nueva
España, es buena indicación de la súbita importancia que la Guerra de los
Chichimecas cobró en el horizonte gubernamental de la Nueva España. Pronto
“se informó del progreso del problema chichimeca y de qué medidas se habían
tomado para contener sus ataques y robos”.
El
virrey Velasco tuvo que partir prácticamente de la nada en la búsqueda de
una política que llevara paz a la Gran Chichimeca. Al parecer el virrey
Mendoza no había dejado instrucciones a su sucesor sobre las medidas que
debían adoptarse en una guerra que por entonces empezaba. Entre el
rompimiento de las hostilidades y la partida de Mendoza, probablemente hubo
demasiado poco tiempo para que el gran virrey se percatara de la gravedad de
los problemas del norte. El rey dejó los problemas inmediatos en manos de
Velasco después de indicarle, que por causa del tipo de guerra de guerrillas
que presentaban los chichimecas, parecía recomendable levantar fuertes,
fundar poblados y ensanchar el área de colonización española por medio de
“entradas” de reconocimiento.
La
primera exploración oficial importante de la Gran Chichimeca autorizada por
Velasco, de acuerdo con la sugestión real, fue emprendida por Francisco de
Ibarra. Iniciadas en 1554, las exploraciones, descubrimientos de minas y
actividades de fundación de poblados de que se encargó Ibarra durante más de
dos décadas y que dieron forma a la frontera más lejana de la provincia
llamada Nueva Vizcaya. Después de dos exploraciones preliminares entre 1554
y 1562, Ibarra fue nombrado gobernador y capitán general de la nueva
jurisdicción. Sus primeras entradas, bajo los auspicios virreinales, pronto
fueron seguidas por exploraciones más modestas, con objetos civiles, mineros
o eclesiásticos.
Aunque Ibarra por lo general tenía cuidado de no maltratar a la población
aborigen (las instrucciones del virrey eran muy enérgicas al respecto), era
casi inevitable que surgiera un conflicto. Velasco dio órdenes a Ibarra de
fundar poblados españoles, principalmente por el peligro de la guerra.
También ordenó que los colonos llevaran armas no sólo para resistir ataques,
sino también para entrar debidamente equipados en el país chichimeca. De
este modo, los aborígenes que ocupaban un territorio que se extendía casi
cien leguas más allá de Zacatecas, hacia el noroeste, fueron mantenidos a
raya bastante bien durante los primeros años de la colonización. Ibarra y el
virrey prestaron cuidadosamente atención de convertir a los chichimecas al
cristianismo; en sus entradas, Ibarra iba acompañado de franciscanos, que
también hacían expediciones por cuenta propia para empezar a trabajar en
varias aldeas indígenas.
Pese al hecho de que las empresas de Ibarra se iniciaron al mismo tiempo que
los ataques de los chichimecas, redoblaron su furia contra los invasores
españoles, los esfuerzos de Ibarra tuvieron gran éxito y no fueron
mayormente obstaculizados por la guerra de los indígenas. Las principales
razones fueron: el cuidado de Ibarra al tratar a los aborígenes; lo adecuado
del apoyo financiero y el equipo, que mantenía a los soldados satisfechos y
bien organizados; su política de quedarse en cada nuevo campo minero durante
cierto tiempo para pacificar a los aborígenes de los alrededores antes de
seguir adelante; y su creación de muchas estancias agrícolas y ganaderas a
lo largo de las rutas entre Zacatecas y los nuevos poblados, aumentando así
las provisiones y la colonización.
Por el éxito mismo de las entradas de Ibarra y la rapidez con que abrió la
comarca minera del norte agudizaron el problema de mantener un contacto
seguro entre las zonas pacificadas del sur y las nuevas avanzadas. La
necesidad principal, más urgente que nunca, era la protección de las rutas
del norte, especialmente entre la ciudad de México y Zacatecas. El avance de
los colonos a lo largo de los límites meridionales de la Gran Chichimeca no
podían mantener el ritmo del rápido avance de los exploradores y mineros que
salían de Zacatecas; el despoblado que quedaba, incluía muchas de las
zonas de mayor concentración chichimeca, lo cual daba gran oportunidad de
ataque a las naciones hostiles. Por ello, los casi catorce años de gobierno
de Velasco pueden caracterizarse como un período de peligro chichimeca cada
vez mayor, potencial y real, en que la resistencia española no pudo contener
la marea de la hostilidad indígena. Por causa de este fracaso los problemas
de virreyes posteriores fueron mucho mayores de lo que habrían podido ser.
Es
obvio que el peligro y daños de los ataques de los chichimecas fueron
aumentando después de 1550. Por ejemplo, en los cinco años de 1552 a 1556,
se informó que los aguerridos chichimecas de la provincia de Jilotepec
mataron a más de 300 indios pacíficos tan sólo en el pueblo de Jalpa y su
vecindad. En un año mataron a 65 indios, quemaron la iglesia de Jalpa y
causaron grandes daños a las tierras de los aborígenes. Lo débil de la
respuesta virreinal a este desafío se demuestra porque todavía en 1556 no se
había organizado ninguna represalia; “hasta el tiempo en que se tomaran las
medidas necesarias” los indígenas pacíficos de Jalpa “recibieron
autorización de emplazar los guardias necesarios para detener los daños y,
si atacaban los chichimecas, se les permite capturarlos y presentarlos a la
cárcel real de este tribunal, si se resisten podrán ser muertos, de ser
posible, si no son cristianos y son culpables de dichos daños, no se pesará
ningún castigo sobre esta acción [punitiva] de los aborígenes pacíficos de
Jalpa”.
Para 1554, en la frontera chichimeca ya había surgido la amenaza de un
poderoso caudillaje y un buen sistema de los ataques indios, todo ello en la
persona de un notorio capitán chichimeca, llamado Maxorro. La
notoriedad y los aciertos de este caudillo eran indicios claros de que, al
menos en algunas zonas, los grupos chichimecas habían comenzado a
organizarse para atacar bien coordinados a los invasores sedentarios.
Las actividades de Maxorro fueron así descritas: “Llevó con
él a muchos [guerreros] de tierra adentro en mayor número que otros
[caciques] y atacó en los caminos enviando a los escuadrones a saquear en
varias direcciones, penetrando en las tierras de paz y más adentro de lo que
ninguno hubiera esperado, causando tantos daños y muertes que ya no es
posible viajar ahora con seguridad”.
Otra muestra del nuevo peligro que amenazaba los caminos de México a
Zacatecas fue una desastrosa derrota de los españoles en el Paso de
Ojuelos, en 1554. Allí, una caravana de seis carretas con escolta armada
fue atacada por los chichimecas, que se llevaron más de 30 mil pesos en
telas, plata y objetos de valor, incluso muchas mulas para cargar el botín.
Los asaltantes se llevaron a muchas mujeres indias y a una doncella
española. Esta última simuló aliarse a los asaltantes ayudándolos a acomodar
la mayor cantidad de telas en una carreta; mientras ellos se dedicaban al
saqueo, ella subió a una carreta en donde había un hombre herido y dos
arcabuces. Después, logró hacer que el herido disparar los arcabuces
mientras ella los cargaba; de este modo, defendiendo su carreta, los dos
lograron escapar; pero fueron los únicos. Esta derrota de los españoles
parece haber sido una de las primeras de importancia, y ciertamente fue una
sensacional advertencia de las cosas que estaban por venir. Que esto ocurrió
más de una vez lo muestra el ya mencionado ataque de los chichimecas a la
caravana de Gonzalo de Avila en 1553 o 1554, que causó una pérdida de más de
42 mil pesos en oro.
Para fines de la década de 1550, ya era claro que los guerreros indios
estaban llegando desde los más remotos confines de tierra adentro para
atacar los nuevos establecimientos y caminos de los españoles y estaban
causando grandes daños. Pequeñas partidas de asaltantes muy inferiores en
número a sus enemigos, atacaban, aterrorizados y fácilmente vencían a los
mercaderes y viajeros tarascos y aztecas, reduciendo y a veces casi
suspendiendo el envío de provisiones por la ruta México-Zacatecas. Para
fines de 1561, se calculó que más de 200 españoles y más de 2 mil aliados y
comerciantes indios habían muerto en los caminos entre Guadalajara,
Michoacán, México y las minas del norte, desde el descubrimiento realizado
en Zacatecas. Además, había que contar la enorme pérdida de propiedades
causada por la quema de estancias y el saqueo de caravanas y recuas. Los
daños a la propiedad fueron calculados en más de un millón de pesos de
aquel tiempo y la pérdida de carretas y tesoros reales en más de 400 mil
pesos en oro. Otra cifra total citada por entonces para el daño a la
propiedad por los ataques de los chichimecas fue entre 600 mil y 700 mil
ducados. En los periodos de intensos ataques chichimecas, los precios del
grano, la harina y el vino se duplicaron, triplicaron y aún cuadruplicaron
en Zacatecas. Estas pérdidas resultaban peores por la muerte de ganado,
especialmente de mulas por falta de alimentos; enorme desventaja para las
operaciones mineras. Además, los mineros y colonos que habían de defenderse
por sí mismo o perseguir a los atacantes chichimecas, encontraban que el
equipo militar había subido enormemente de precio debido a su escasez.
También debe observarse que el peligro de los atacantes chichimecas durante
aquellos años, a veces aumentó debido a las bandas de negros cimarrones
particularmente de la zona entre Guadalajara y Zacatecas y de los
alrededores de Guanajuato. Desde 1549, se habían elevado quejas oficiales al
respecto de la Nueva Galicia; los ataques de los negros, en los informes
oficiales, siempre estaban relacionados con la amenaza chichimeca porque los
negros a veces se aliaron con los aborígenes para atacar carreteras y
estancias. Así, una banda de negros (de 15 a 20), estaba atacando a los
viajeros y causando otros daños alrededor de Guanajuato en 1560; el virrey
autorizó al justicia de allí, Bartolomé Palomino, a reclutar españoles
precedentes de las minas y otros residentes y hasta 150 indios de Pénjamo,
Ayo Chico, Ayo Grande, San Miguel, Guaniqueo (y de donde fuera necesarios)
para contener la amenaza negra. Si los españoles y los indios no podían
capturar a los negros sin matarlos, estaban autorizados a detenerlos como
fuera posible y ni españoles ni indios serían castigados por hacerlo así.
La
primera represalia española contra los chichimecas de que se tiene noticia
fue emprendida por el alcalde mayor de Zacatecas, Sancho de Cañego, o por
Baltasar Temeño de Bañuelos. Cañego, con la autoridad que le daba su
posesión de alcalde mayor, partió contra los chichimecas que habían atacado,
muerto y asaltado al mercader Medina en 1551.
En
el mismo año, el virrey Velasco lanzó la primera entrada punitiva desde la
ciudad de México, encabezada por Hernán Pérez de Bocanegra (encomendero de
Acámbaro y de Apaseo) y por el capitán Gonzalo Hernández de Rojas. Esta
expedición, financiada por el tesorero real, estuvo en acción desde el 13 de
octubre de 1551 hasta el 13 de enero de 1552. Al menos diez de sus jinetes
estaban armados con ballestas y el resto (posiblemente cuarenta) llevaban
arcabuces; no menos de 20 de los soldados vestían armaduras de algodón. La
expedición se mantenía de maíz, bizcocho, harina, carne de ovejas, reses y
cerdos; gran parte de esto provenía de las tierras del propio Bocanegra,
pero sería pagado por el tesoro real. Se enviaron tememes para que llevaran
provisiones y equipo, de modo que los soldados no tuvieran la tentación de
conseguir aborígenes por el camino. Los encomenderos de los alrededores de
la ciudad de México fueron obligados a aportar caballos para la expedición.
Los indios de Querétaro y de San Miguel dieron los aprovisionamientos
restantes, que se les pagaron.
El
esfuerzo de Bocanegra resultó insuficiente; antes de un año partió de la
ciudad de México una fuerza militar aún más considerable, con el propósito
de atacar a los asaltantes chichimecas que asolaban los caminos a Zacatecas.
Esta expedición estuvo a cargo del licenciado Herrera, oidor de la audiencia
de México. Herrera comenzó con un núcleo de 34 jinetes (ballesteros y
arcabuces), al que se le unieron varios cientos de tarascos y otros
guerreros indígenas, once estancieros y una gran número de tememes. La
campaña duró dos meses (del 1o. de septiembre al 31 de octubre), de los
cuales 19 días pasaron en despoblado. Herrera llevó consigo dos cargamentos
(48 mil almendras) de cacao para pagar su servicios a los tememes; compró
chile y tomate para sus aliados y porteadores indios y obtuvo abastecimiento
para sus prisioneros chichimecas. Grandes cantidades de maíz fueron
obtenidas de los indios de Gueymilpa, Guango, Acámbaro y Maravatío, así como
de las estancias de Juan Infante. Las provisiones se completaron con cien
ovejas, 12 reses, y bizcochos blancos y negros. Para esta entrada se
fabricaron armaduras de algodón especiales. La fuerza quedó formalizada con
trompetero, escriba, alférez, alguacil, contramaestre, intérprete y
capellán.
La
paga de los soldados era de un peso de oro común diario, más una concesión
de uno y medio tomines diarios a los soldados, para comprar alimentos. La
entrada costó al tesoro real más de 5 mil pesos de oro.
No
se sabe qué éxito tuvo Bocanegra contra los chichimecas, pero Herrera
capturó y ahorcó a muchos de los asaltantes indios, “y les hizo mucho mal”.
Esto puede indicar que el enemigo se mostró sordo a todo llamado a la paz,
pues las instrucciones que el virrey había dado a Herrera son claras en el
punto de que intentara la persuasión pacífica, antes de atacar o castigar a
los chichimecas.
Desde los principios de su administración tropezó el virrey con grandes
dificultades al tratar de formular planes para los esfuerzos militares en la
nueva frontera en llamas. Al informar a la corte española (1552) de los
ataques de los chichimecas a los caminos de Zacatecas. Velasco explicó que
los españoles no querían perseguir a los chichimecas en represalia si no se
les autorizaba a esclavizar al enemigo capturado, al menos durante períodos
limitados. Como esto sería contrario a las indicaciones de la corona
respecto a la esclavitud (que estaba prohibida para los indios), Velasco se
encontró ante un dilema. Si se enviaba a los soldados a la guerra sobre una
base de salario, el costo sería enorme, pues no irían ni siquiera por 40
pesos mensuales y comida. El virrey estaba pensando en dividir los gastos
militares entre los encomenderos; el gobierno virreinal aportaría alimentos
y armas, financiados por el tesoro real. Aún así Velasco temía no poder
reclutar soldados para sus entradas contra los chichimecas; sin embargo,
estaba resuelto a plegarse a la voluntad del rey contra la esclavización de
los indios, aún en caso de guerra, pese al hecho de que los bárbaros del
norte “causaban a los españoles grandes dificultades por su respeto a las
nuevas leyes”.
No
hay indicación de que el virrey Velasco encomendara la continuación de la
Guerra de los Chichimecas en manos de algún administrador de la frontera o
de algún capitán general. Esto no llegó a ser práctica común hasta mucho
después, durante las administraciones de los virreyes tercero y cuarto. En
lugar de eso Velasco nombró jefes para entradas específicas, según parecía
exigirlo las circunstancias, entre los funcionarios de la ciudad de México,
o bien dio comisiones e instrucciones especiales a alcaldes mayores que ya
estuviesen en la frontera.
Encontramos un ejemplo de éste último tipo de comisión fechado el 30 de
abril de 1560, en que el alcalde mayor de las minas de Zacatecas recibió
poderes y órdenes de capturar a los chichimecas y guachichiles cuyos ataques
se habían intensificado tanto alrededor de la ciudad y a lo largo de los
caminos que estaban cortando los abastecimientos necesarios para los mineros
y colonos del norte. El virrey escribió: “Yo e sido informado que los
chichimecas e guachichiles bravos en comarca de las mynas y en los caminos
rreales an hecho y hazen muchas fuerças rrobos y saltamientos de caminos y
que este atrevimiento y osadía va cresciendo cada día en tanto gordo que si
no se rremediase podrían subçeder grandes yncovenientes y ynpedir la
contrataçion que se tiene en las dichas minas”.
El
alcalde mayor había de dividir a los prisioneros chichimecas entre los
españoles que hubiesen ayudado a su captura, de modo que se le pudiesen
enseñar el cristianismo. Así, debían ser “depositados” entre españoles
durante un período de seis años más o menos, según determinara la audiencia
de la Nueva Galicia. Las pruebas de la culpabilidad de los capturados, así
como toda información relacionada, serían enviadas a la audiencia para su
decisión. El virrey, además, otorgó poderes al alcalde mayor para obligar al
servicio de las armas a los residentes en contra de los chichimecas; todos
los que se negaran a servir podrían ser castigados como “rrebeldes e
inobedientes” a juicio del alcalde. Además, para contener el peligro,
las muertes y los asaltos a lo largo del camino México-Zacatecas, el alcalde
mayor vería que el tráfico del sur se realizara “en flota”, con el equipo
necesario para su defensa contra los chichimecas y guachichiles.
Durante la administración de Velasco, el alcalde mayor más importante en la
defensa del camino México Zacatecas fue, al parecer, Gerónimo Mercado
Sotomayor, su título completo era: “alcalde mayor de la provincia de
Xilotepec y de Chichimecas, y corregidor de los poblados de Ysquinquitla,
Pilco y sus estancias”. Sus poderes especiales y comisiones, así como los
antes mencionados para el alcalde mayor de Zacatecas, muestra claramente que
la preocupación principal del gobierno virreinal durante la primera década
de la Guerra de los Chichimecas y aún hasta el fin del virreinato de
Velasco, fue la defensa del camino real México-Zacatecas. Así, Mercado
Sotomayor había de acudir en ayuda de los viajeros de tal camino en 1559; al
año siguiente recibió orden de dirigirse hasta Portezuelo y el Tunal para
escoltar los convoyes de carretas que se dirigían hacia el sur, a través de
la tierra de guerra hasta la ciudad de México. Además, había de ir “tierra
adentro” para aprehender a todo chichimeca que hubiera realizado ataques o
de quien sospechara que los planeara, y castigarlo “de acuerdo con la
justicia”; los prisioneros, junto con las pruebas en su contra, serían
enviados a la ciudad de México. El escoltar las caravanas de carretas a lo
largo de una de las partes más peligrosas del camino de Zacatecas
probablemente fue un esfuerzo del Virrey por complementar la protección dada
por el alcalde mayor de Zacatecas al sur de la ciudad. Como ya se dijo
antes, Mercado Sotomayor también fue encargado de la colonización defensiva
con otomíes a lo largo del camino de Zacatecas.
Las medidas gubernamentales destinadas a proteger los caminos pronto fueron
completadas por actos no oficiales, para contrarrestar las depredaciones de
los guerreros chichimecas, y esta defensa privada probablemente constituyó
la protección más eficaz. Por ejemplo, durante la primera década de la
guerra, en las caravanas de carreta entró en uso un fuerte portátil que
consistía en una o más carretas especialmente construidas de madera, lo
bastante fuertes para resistir las flechas de los atacantes. Tales fuerte
llevaron ranuras para que los defensores pudieran disparar desde adentro. En
caso de ataque, las mujeres y los niños eran acomodados en los fuertes y
defendidos por unos cuantos hombres armados. Además, mineros y estancieros
particulares mantenían armas y llevaban a sus empleados escoltando la
caravana; así, en Zacatecas, Diego de Ibarra desde antes de 1552 había
dictaminado que tales escoltas protegieran las carretas mientras hacían la
última parte del viaje desde la ciudad de México. También algunas estancias
fueron fortificadas con casamatas, que resultaron valiosos suplementos en la
protección de los caminos.
Debe recordarse que a principios de la administración de Velasco, la corona
le había sugerido levantar fuertes y fundar poblados para la defensa
del reino contra la guerra de guerrillas en que eran maestros los
chichimecas. Obediente, el virrey Velasco fundó dos poblados de gran
importancia defensiva; el primero, San Miguel, estaba estratégicamente
localizado en la primera zona de hostilidad india, donde el camino,
partiendo de Querétaro, se dirigía hacia el norte y el oeste; el segundo,
San Felipe, fue establecido en el cruce del camino entre el Tunal Grande de
los guachichiles y los muy aguerridos guamares de las sierras de Guanajuato.
Antes de la llegada de Velasco a la Nueva España, San Miguel había sido casi
exclusivamente un poblado indio, organizado por los franciscanos Juan de San
Miguel y Bernardo de Cossín, durante la década de 1540. Un reducido grupo de
españoles vivía allí antes de 1550. El pueblo fue casi abandonado en 1551,
como resultado de los ataques de los copuces, encabezados por un jefe
Carangano. La creciente frecuencia y poder destructivo de los ataques
chichimecas en la zona después de 1551 y el hecho de que se tratara del
centro más importante de tráfico de los caminos de México y Michoacán se
combinaron para hacer de San Miguel la elección natural para el esfuerzo de
colonización defensiva. En ese lugar, el poblado de las cercanías, que
padecía constantemente las depredaciones de los chichimecas de guerra.
El
15 de diciembre de 1555, el virrey Velasco dio órdenes de fundar el poblado
español de San Miguel “para poner fin a los asesinatos, robos y otros
excesos que han ocurrido en los llanos de San Miguel sobre la carretera de
Zacatecas”. Este paso fue tan importante que el propio Virrey planeaba
supervisarlo; más por causa de una enfermedad que padeció en Apaseo, cuando
se dirigía hacia el norte de Michoacán comisionó a uno de los principales
capitanes de su séquito. Ángel de Villafañe, a perseguir la tarea. Villafañe
recibió órdenes de fundar el nuevo poblado con unos cincuenta españoles, a
quienes repartiría tierras para casas, huertos, granjas y cría de ganados.
Estas tierras estarían aparte de los terrenos ya ocupados por los tarascos,
chichimecas y otomíes pacíficos. Además de fundar San Miguel, Villafañe
recibió órdenes de investigar un reciente ataque chichimeca que había
ocurrido a cuatro o cinco leguas del sitio del nuevo poblado sobre el camino
de Zacatecas y, de ser posible, detener a los culpables del crimen y
presentarlos al virrey. La comisión dada a Villafañe fue firmada en la
estancia de Apaseo.
El
18 de diciembre, estando el virrey en Querétaro, dio órdenes de que, como
había pedido Villafañe, los poblados contiguos aportaran indios para ayudar
a construir las casas de los colonos de San Miguel. El pueblo de Guango
aportaría diez indios, el de Acámbaro 16, Querétaro 8 y Cuitzeo 16. El mismo
día Velasco dio poderes a Villafañe para derribar todas las estancias que
antes estuvieron ocupadas dentro de tres leguas del nuevo poblado, porque
tales eran los límites acordados a San Miguel por autoridad real. La usual
concesión a los nuevos colonos consistía en una estancia para ganado, una o
dos caballerías y un solar para la casa, el huerto y el jardín. Estas
tierras no podían ser vendidas durante diez años, o pasarían a poder de la
corona.
Probablemente la fundación de San Miguel no resultara una medida muy eficaz
hasta mediados de la década de 1560 cuando, en los últimos años de la
administración de Velasco, se hicieron muchas concesiones de tierra a los
nuevos pobladores, especialmente en 1563 y 1564. Aún entonces, mientras los
chichimecas cobraban cada día mayor audacia, los pobladores españoles e
indios no se veían a salvo de sus ataques. Es posible que la fundación,
durante 1561 y 1562, del segundo poblado, el cercano San Felipe, aliviara un
poco la presión del ataque de los indios en los llanos de San Miguel.
La
fundación de San Felipe coincidió con un gran levantamiento de los
chichimecas en 1561, y parece casi seguro que la confederación de las tribus
chichimecas de tal año influyó directamente sobre la decisión del virrey
Velasco de establecer ese poblado defensivo. El título y los privilegios de
San Felipe fueron establecidos el 1o. de enero de 1562, al terminar el año
en que los ataques chichimecas fueran más destructivos. El nuevo poblado
estaba cerca de la entrada del Tunal Grande de los guachichiles y el Valle
de San Francisco “uno de los centros de población”; también se encontraba
próximo del paso llamado el Portezuelo, punto de ataque de los chichimecas
en el camino a Zacatecas.
Durante la administración de Luis de Velasco surgieron en la zona de la
audiencia de la Nueva Galicia varios poblados con el propósito fundamental
de consolidar la nueva defensa contra los ataques de los chichimecas. Uno de
tales poblados fue Santa María de los Lagos, al nordeste de Guadalajara, que
la audiencia ordenó establecer el 5 de enero de 1563. El encargado de la
fundación fue el Hermano Martel, quien llevó adelante la tarea con 73
familias de colonos. Los primeros alcaldes y regidores fueron elegidos el 25
de julio de 1563. San Juan de los Lagos en el camino a Guadalajara y lo que
llegaría a ser Aguascalientes, fue fundado por el mismo tiempo y con los
mismos propósitos defensivos. Más allá de Zacatecas, el poblado hispanoindio
de Nombre de Dios fue fundado posteriormente a las devastaciones de los
chichimecas en 1561; fue organizado en 1562 o 1563 con el propósito básico
de servir de defensa contra las futuras irrupciones de los chichimecas.
La
administración de Velasco intentó una forma más de colonización defensiva
para contrarrestar los daños causados por los chichimecas. El 24 de mayo de
1560, el virrey dio órdenes a Gerónimo Mercado Sotomayor, alcalde mayor de
Jilotepec y de los Chichimecas, de ayudar con donaciones de tela, granos,
semillas y otros artículos necesarios a los otomíes de su jurisdicción, que
se había ofrecido voluntariamente a establecer un nuevo poblado tierra
adentro. Mercado había de hacer un informe de lo que sobraba de estos
artículos en su provincia y de ver que los colonos otomíes recibieran una
adecuada provisión. Tal como consta en las órdenes virreinales al alcalde
mayor, este nuevo poblado otomí se establecería específicamente con el
propósito de fortalecer la defensa del camino México-Zacatecas.
Cinco días después, el 29 de mayo, el virrey ordenó a Mercado acompañar a
los jefes otomíes hacia el norte, para un estudio preliminar del sitio en
que se había propuesto fundar la nueva ciudad que estaría en el camino de
Zacatecas, más allá de la Villa de San Miguel. El mismo día, el virrey
concedió privilegios a los colonos otomíes. Esta concesión revela que la
jurisdicción del nuevo poblado se extendería cinco leguas en dirección de
San Miguel, diez leguas por el norte, hacia el Tunal. Se llamaría “el nuevo
pueblo de San Luis de Jilotepec”. Los otomíes recibirían herramientas para
abrir la tierra durante los primeros dos años, quedarían exentos de todo
tributo y podrían elegir sus propios gobernadores, alcaldes y regidores. Al
menos 500 colonos, 40 de ellos casados, poblarían la nueva ciudad. Se había
especificado que todo número inferior sería insuficiente para defenderse
contra los guachichiles y para la seguridad en los caminos.
Relacionada muy
cerca con esta colonización defensiva estuvo la política de Velasco de
valerse de milicias otomíes, al mando de sus más destacados, para defenderse
y atacar a los chichimecas. El virrey no estaba inventando una política
nueva, pues desde los tiempos de la llegada de Cortés a las costas los
conquistadores españoles se habían valido de aliados indios. Pero ahora,
junto con los usuales aztecas, tlaxcaltecas y tarascos, el gobierno
virreinal se volvió a los recién incorporados otomíes del norte. Así, el
primero de mayo de 1557, Don Nicolás de San Luis Montañez, cacique de los
Chichimecas, evidentemente como recompensa por haber derrotado y capturado
al caudillo chichimeca Maxorro, comisión que le dio el virrey Velasco, tenía
la responsabilidad de atacar a los chichimecas bárbaros que rodeaban San
Miguel, San Felipe, Sichú, permitió usar un equipo militar español completo
y encabezar sus propios guerreros; pero
recibía órdenes del alcalde mayor de Jilotepec y sería acompañado en toda la
campaña por un español, Pedro de Ledesma, “inteligente en las
disposiciones españolas”.
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