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Luis de Velasco
4 LOS GUERREROS DEL NORTE

4 LOS GUERREROS DEL NORTE

LOS ESPAÑOLES y sus aliados necesitaron cincuenta años cumplidos para lograr una pacificación general de las tribus chichimecas en la frontera de la plata del siglo XVI, desde San Juan del Río hasta Durango y desde Guadalajara hasta Saltillo. Aún al terminar el siglo seguía habiendo inquietud, y hubo que tomar nuevas medidas para lograr ciertas pacificaciones locales. En comparación con este prolongado conflicto, el triunfo de Cortés sobre los aztecas, que había requerido menos de cinco años, resultaba una operación sencilla, sin mayor costo en sangre y en dinero.

Muchas razones determinaron que la conquista española de la Gran Chichimeca fuera un proceso tan largo. La guerra de las Filipinas y la defensa en el Caribe a veces requirieron hombres y equipo que habrían podido servir para proteger los campos mineros y los caminos al norte. La atracción de la riqueza minera y otras empresas fronterizas con mayores promesas de fortuna y una exposición menos directa a penalidades y peligros, hizo que el servicio militar contra las tribus chichimecas aparecieran poco atractivo para los hombres de la Nueva España. Asimismo, en los primeros años del avance hacia el norte, los soldados y funcionarios españoles generalmente menospreciaron las cualidades bélicas de los tribeños del norte. Antes de percatarse del error cometido, la frontera del norte estaba en llamas, y entonces el proceso de pacificación resultó más difícil.

A pesar de todo Más importante que ninguno de estos factores fue el propio guerrero del norte. Su modo de vida hacía de él un enemigo evanescente, sumamente peligroso por su conocimiento de la tierra en que peleaba. Hasta sus prácticas religiosas, por primitivas que fueran, influyeron en la tenacidad con que combatió a los invasores, blancos e indios, de sus territorios de caza. Su preparación desde niño, sus alimentos, su tipo de refugios, sus relaciones con las tribus vecinas, su concepto de los hombres blancos y de los indios sedentarios, sus juegos y otras diversiones: esto fue o llegó a ser determinante del tipo de guerra (y de resistencia) que opuso a los pueblos sedentarios procedentes del sur.

El nombre de “chichimecas” con que los españoles habitualmente designaba a los tribeños del norte era el epíteto con que los llamaban los nativos de la zona sojuzgada por la conquista cortesiana, o que los blancos adoptaron. La palabra tiene una connotación despectiva, poco más o menos “perro sucio e incivil”. El desprecio expresado en el nombre muestra una actitud que ayudó a condicionar a los españoles a una falsa sensación de seguridad durante los primeros años de su contacto con los indios, impresión que estuvo a punto de llevar al desastre a los conquistadores iberos.

Un mayor conocimiento de las tribus del norte produjo definiciones más específicas de los varios pueblos de la Gran Chichimeca. El término “chichimeca” se siguió utilizando durante todo el período de guerra y aun después, pero llegó a modificarse mediante la aplicación de nombres tribales o de nombres dados a grupos mayores llamados “naciones”. En la tierra de guerra del siglo XVI, cuatro de tales naciones indias ocuparon la atención principal de los españoles; cada una abarcaba muchos pequeños grupos de tribus y rancherías, que también recibieron nombres más específicos que el de “chichimecas”. Las cuatro naciones principales fueron las de los pames, los guamares, los zacatecos y los guachichiles. La extensión territorial aproximada de cada nación y las características que principalmente las distinguían fueron conocidas y comentadas por los españoles.

Los guachichiles, que ocupaban el territorio más extenso, considerados a menudo como los más belicosos y valientes, merodeaban desde Saltillo en el norte hasta San Felipe en el sur, y desde la división de la Sierra Madre Occidental hasta la ciudad de Zacatecas. Sin embargo, a menudo rebasaron estos límites para atacar más al sur de San Felipe, en las sierras de Guanajuato o al oeste de Zacatecas, a veces en temporal alianza con tribus de las naciones vecinas. El centro principal de los guachichiles fue el “Tunal Grande” los valles y tierras que rodean el que luego fue el campo minero de la ciudad de San Luis Potosí, abundante en tunas y mezquites, de los que se alimentaban. El nombre de “guachichil” que les dieron los mexicanos significa “cabezas pintadas de rojo”, porque se distinguían por sus tocados de plumas rojas, porque se pintaban  de  rojo  (especialmente el pelo) o porque llevaban “bonetillos” de cuero pintados de rojo.

Varias características importantes de los guachichiles los distinguieron de las otras naciones, e hicieron de ellos un problema particularmente difícil para los españoles.

Su número y la gran extensión de su territorio los hacían particularmente difíciles de vencer. Gran parte de su región no interesó inicialmente a los blancos, porque quedaba fuera de la zona de los primeros descubrimientos de plata; su carácter montañoso y su aridez dificultaban la penetración española, aún durante las breves expediciones primitivas contra ellos. Los guachichiles estaban más avanzados que la mayoría de las otras naciones en la creación de alianzas tribales, y esta práctica fue estimulada por el avance español. En el curso de la guerra, los guachichiles llegaron a ser una especie de nexo para confederar la “Gran Chichimeca” contra los invasores blancos. Los núcleos políticos-militares eran más evidentes entre esta nación que entre todas las demás, y esto explica algunas de las dificultades de los españoles para combatirlos.

Informes de canibalismo entre los guachichiles, así como un célebre refinamiento en la tortura de los cautivos aumentaron su aterradora reputación entre los españoles y los indios sedentarios. Su posición estratégica en relación con las minas y carreteras los hizo especialmente eficaces al atacar y huir antes de que los españoles pudieran tomar represalias. El Tunal Grande, su principal lugar de abastecimiento de comida (y después de pastoreo), se hallaba muy cerca del camino real México-Zacatecas, y la naturaleza lo había hecho una zona ideal para la defensa y el escape. Era fácil para los guachichiles desaparecer rápidamente dentro de las tierras del Tunal o más allá, donde los españoles podían perderse o morir de hambre y sed. Los guerreros guachichiles encontraron aliados en el norte y en el este, en tierras desconocidas por los españoles. En cierto sentido, estas tierras eran como una barrera protectora que podía absorber y aun destruir a los españoles si organizaban ofensivas contra los guachichiles.

Los guachichiles fueron explícitamente tildados por varios escritores españoles de aquellos días de ser los más feroces, los más valientes y los más escurridizos (o nómadas) de todos los chichimecas. Esto fomentó la creencia, difundida por toda la frontera, de que la espada era la única manera efectiva de conquistarlos. Su idioma era difícil de aprender (e incluía muchos dialectos sumamente variados) , lo que constituyó una gran desventaja para los primeros misioneros que entraron en contacto con ellos. Sobre todo, el avance español, comparativamente tardío, por el corazón del territorio guachichil, dio a estos aborígenes varias décadas para crear técnicas de lucha, sistemáticas y eficaces, y una cadena de victorias que los animó a emprender una resistencia mayor aún.

Para la década de 1570, los españoles conocían bien a un buen número de las tribus y los caudillos principales de los guachichiles. Uno de tales caudillos, Xale, que tenía muchos seguidores, dominaba el Tunal Grande. Fue sucedido por un jefe llamado Bartolomillo, que fue ahorcado tal vez en 1570 por el doctor Sande, administrador fronterizo del gobierno virreinal. Entonces, Bartolomillo fue sucedido por Antón Rayado (probablemente así llamado por pinturas e incisiones que llevaba en el cuerpo). Macolia, otro jefe famoso entre los españoles, encabezó un gran número de guachichiles que vivían con Bartolomillo en el Valle de San Francisco. Macolia, también ahorcado por el doctor Sande, fue sucedido por un hijo suyo del mismo nombre. Para 1570 el mas celebre de los grupos guachichiles era el que estaba localizado cerca de las Bocas de Maticoya, encabezado por Martinillo; debía su notoriedad a ser el grupo que mas daños había causado a los españoles. Otros jefes guachichiles cuyos nombres llegaron a conocer los españoles fueron: Machicab, Guazqualo, Moquimahal, Gualiname, Nacolaname, Acuaname, Juan Tenesso y Juan Vaquero; otros tantos ejemplos de sus tipos de nombres.

Pedro de Ahumada Sámano, que combatió largamente a los guachichiles a principios de la década 1560, arrojó alguna luz sobre los principales agrupamientos y los hábitos guerreros de los guachichiles: todos los que él vio andaban desnudos  y no tenían habitación fija; el grupo del extremo norte, llamados “los de Mazapil”, se extendía a lo largo de 22 leguas al noreste de las minas de Zacatecas; algunos soldados dijeron que tan sólo era un valle y que habían visto a 6 mil guerreros y entre ellos habían visto muchos bienes robados a los españoles (dando así cierta confirmación a la creencia de que otros guachichiles comerciaban y quizás llevaban tributo a estas zonas); los zacatecos decían que este grupo norteño de los guachichiles comía carne humana, característica no conocida de otros de la misma nación; el segundo grupo, hacia el sur, se hallaba centrado a unas doce o catorce leguas de las minas de Zacatecas, en rancherías de cerca de cien habitantes en cada una, y era conocido como “El de Las Salinas” un tercer grupo comenzaba cerca del paraje llamado Ciénega Grande, sobre el camino de Zacatecas y luego, más adelante, hacia el Portezuelo y hasta el Tunal Grande; también en el Tunal había unos zacatecos y pames (estos últimos simplemente llamados “chichimecas” por el capitán Ahumada); los chichimecas de Ayo y Pénjamo también llegaban al Tunal Grande, así como los de cercana de San Miguel, pero cada grupo del Tunal vivía en rancherías, apartado de los demás.

Los pames, los menos belicosos de todas las naciones chichimecas y los más cercanos a la ciudad de México, vivían al sur y al este de los guachichiles. Algunos grupos fueron localizados al sur hasta Acámbaro, Orirapúndaro y hasta en Ucareo. Desde estos puntos se extendieron por la parte septentrional de la provincia de Jilotepec (exactamente al norte del río San Juan), por Tulimán, San Pedro Parrón, Sinquía y Sichú en el norte, hasta Izmiquilpan, Meztitlán y dentro de la Huasteca. Su territorio coincidía en parte con los de los otomíes de Jilotepec, los tarascos de Michoacán, los guachichiles y los guamares en el oeste Durante las tres primeras décadas de avance español, después del descubrimiento de la plata en Zacatecas, los pames fueron básicamente ladrones de ganado, y rara vez mataron españoles o indios de los poblados o ranchos; habitualmente huían al ser atacados.

Desde mediados de la década de 1570 se hicieron más aguerridos y se dedicaron al asesinato y al secuestro en gran escala. Aunque los pames eran nómadas en gran parte de su zona, habían absorbido algunos refinamientos culturales de los otomíes; particularmente en el ámbito de las ideas abstractas y las prácticas religiosas, estaban más avanzados que los guamares, los guachichiles y los zacatecos.

La nación de los guamares, centrada en las sierras de Guanajuato se extendía hacia el norte hasta San Felipe y Portezuelo, casi hasta Querétaro hacia el este, a veces más allá del Río Lerma en el sur, hacia el oeste al menos hasta Ayo Chico y Lagos, y hacia el noroeste hasta Aguascalientes. Un escritor del siglo XVI constantemente llama a estos pueblos una “confederación”, lo que parece indicar cierta cohesión entre los distintos grupos tribales y algún principio de organización política. El mismo autor, Gonzalo de las Casas, llama a los guamares los más valientes, más aguerridos, más traidores y más destructores de todos los chichimecas, así como los más astutos. Los principales grupos guamares eran los de alrededor de Pénjamo, los de Comanja de Jaso (encabezados por don Francisco “el cojo”), los llamados “chichimecas blancos” (entre Jalostotitlán y Aguascalientes), y los de San Miguel (el núcleo principal) y San Felipe. Este último grupo abarca a los copuces (llamados así, al parecer, por uno de sus caudillos que hicieron los primeros ataques al incipiente San Miguel durante 1551). A veces estos copuces unían sus fuerzas con los guajabanas y los sauzas (de lengua guachichil) contra los españoles que viajaban o se establecían entre San Miguel y Portezuelo.

Los zacatecos, los más cercanos a las nuevas minas de plata constituían la cuarta nación de esta Guerra Chichimeca. Sus tierras coincidían en parte con las de los guachichiles del este y el norte  de Zacatecas; se habían extendido hacia el oeste, hasta limitar con los tepehuanes cerca de Durango; merodeaban por el norte, hasta Cuencamé y Parras, donde estaban en contacto con los irritilas o tribus laguna. Los zacatecos eran principalmente nómadas, aunque unos pocos grupos eran en esencia sedentarios. Eran guerreros valientes, denodados y célebres tiradores. Algunos españoles les llamaron los más valerosos y aguerridos de los chichimecas. Eran temidos por los pueblos contiguos, especialmente los cazcanes a quienes atacaban constantemente; se sabía que 50 zacatecos habían saqueado triunfalmente un pueblo cazcán de 3 mil o 4 mil habitantes. Los principales baluartes y rancherías de los zacatecos se hallaban  en Malpaís (sección volcánica y agreste situada al este de Durango, cerca de las minas de San Martín y Avino), alrededor del Peñol Blanco y de la Bufa de Zacatecas. Algunos de sus ataques y aún de sus rancherías llegaban hasta Pénjamo, Tlaltenango y Teocaltiche.

Para su habitación, la mayoría de los chichimecas dependían de cavernas, agujeros o primitivas chozas redondas de paja. Las chozas a veces estaban colocadas debajo de árboles o de las salientes de un cañón; este último hábito caracterizaba particularmente a los guamares y a las tribus del país cazcán, que de esta manera aprovechaban la protección que ofrecía su montañoso hábitat. No obstante, aún esforzándose para prevenir de este modo todo ataque por sorpresa, sus fogatas a menudo revelaban a los españoles sus escondites; cuando los indios se percataron de esto, empezaron a colocar centinelas.

En una gran extensión de la Gran Chichimeca no había abundancia de alimentos naturales. En unos cuantos sitios, los indios cultivaban el maíz y algunas calabazas, pero habitualmente dependían de las tunas, mezquites, bellotas de ciertas semillas y raíces así como de la caza y la pesca. El canibalismo parece haber sido básicamente un ritual. El hecho de que algunas de las tribus cultivaran maíz fue aprovechable para las expediciones españoles enviadas contra ellas, pues la destrucción de los maizales fue un método de obligarlos a hacer la paz. En una ocasión, cuando los españoles deseaban evitar una guerra abierta con los tepehuanes, éstos fueron disuadidos de tomar las armas por la destrucción de los campos de maíz de los zacatecos, ante los ojos de los guerreros tepehuanes. De modo similar, el creciente conocimiento de las principales zonas de frutos de los cactus fue de valor militar para los españoles. Cuando enviaban soldados contra los guachichiles, a menudo se encaminaban directamente al Tunal Grande de San Luis Potosí, donde estaban seguros de encontrar las rancherías de sus enemigos.

Los cactus y mezquitales ofrecían alimentos básicos. Los aborígenes comían las tunas crudas, secas o en forma de licor. También las hojas, el corazón y las flores de los cactus, a menudo cociéndolas en hornos subterráneos. Con el mezquite hacían un pan blanco, en grandes rebanadas, que seguía siendo comestible durante muchos meses o hasta un año, y de la misma planta preparaban licor. En toda la Gran Chichimeca se consumía la miel de abeja. El jugo del agave se utilizaba en lugar del agua cuando esta no se podía obtener. Los españoles pronto aprendieron a utilizar este líquido, verdadero salvavidas de algunas expediciones. Los chichimecas también comían un tipo de fruto llamado  “dátil” por los españoles; los blancos llamaron al árbol “palmera datilera” aunque probablemente era una especia de yuca, similar al árbol de Josué. Algunas de las raíces que comían eran como patatas dulces o yuca.

Otras eran de la planta llamada cimatl (frijol rojo) por los mexicanos. El pozol era parte del régimen de los chichimecas, especialmente  en las zonas más cercanas a los pueblos sedentarios.

Una parte importante de la alimentación se obtenía mediante la caza. Los chichimecas no desdeñaban casi nada como fuente de alimento: gusanos, víboras, ratas, ranas, conejos, aves, peces, ciervos; luego aprendieron a comer mulas, caballos, reses y otros animales.

El creciente deseo de la carne de res hizo que los chichimecas nunca carecieran de guerreros dispuestos a merodear, provenientes incluso de tribus bastante alejadas de los asentamientos y caminos de los españoles; en los último años del siglo, los españoles recurrieron a los presentes de ganado para atraer a las tribus y persuadirlas de entrar en acuerdos pacíficos. Otro factor en la guerra y en la paz fue una creciente afición a la ropa, introducida en gran escala por los españoles al invadir la zona.

Los españoles no estaban muy convencidos de que los chichimecas hubiesen dejado atrás las etapas más primitivas en materia de prácticas religiosas u organización social. Observaron que los aborígenes al parecer rendían culto a los principales cuerpos celestes, a deidades animales y a ciertos árboles y hierbas. También observaron cierto ritual religioso en los entierros, en el trato dado a los prisioneros y en un canibalismo limitado. Por ejemplo, algunos quemaban a los difuntos de su propio pueblo y conservaban las cenizas, o bien junto con el cuerpo se enterraban alimentos y agua para el más allá; a veces quemaban a sus enemigos y dispersaban sus cenizas al viento. También se supuso que las danzas alrededor de los cautivos, antes de matarlos, tenían cierta importancia ritual. Los chichimecas creían que podían adquirir las cualidades deseables de ciertos hombres o animales si se los comía o si se pintaban los animales sobre su propia piel. La sangre tenía cierto significado ritual: al nacer un niño primogénito, los parientes y amigos hacían incisiones en el cuerpo del padre con instrumentos agudos, hasta que quedara cubierto de sangre; a veces, una ceremonia de paz intertribal incluía el pasar un hueso aguzado a través de un agujero practicado en la oreja de un hombre elegido para ello y el pintarse el cuerpo con la sangre. Para defenderse de los espíritus malos y de las epidemias, rodeaban sus campamentos con estacadas y espinas o se refugiaban en lugares llenos de plantas espinosas. Temían mucho al embrujo, y tenían mucho cuidado de no dejar objetos, ni siquiera cáscaras de tuna, a su paso por un territorio enemigo.

Las creencias religiosas chichimecas fueron un factor que sostuvo la hostilidad contra los hombres blancos y sus ayudantes, cristianizados. Los brujos chichimecas, la fe en ciertos augurios y la veneración del peyote ayudaron a mantener una poderosa resistencia al cristianismo de los invasores, y en ciertos modos y lugares hicieron de la lucha contra el invasor algo parecido a una guerra santa. Algo de esto hubo en la Guerra del Mixtón, que la hizo más enconada, y los brujos de los zacatecos siguieron teniendo influencia en el país cazcán, provocando un antagonismo espiritual al modo de vida de los españoles. Los frecuentes martirios de frailes en la Gran chichimeca, especialmente en las primeras décadas de la guerra, acaso fueron una expresión de este aspecto religioso de la hostilidad chichimeca.

La organización social, en su mayor parte, no había pasado de la familia primitiva, de la ranchería o de la base tribal, excepto en el sur de la zona pame y entre los pueblos del país cazcán. En general, las tribus del norte eran más pequeñas que las des sur. La sucesión de los caudillos se realizaba mediante el asesinato, el desafío o la elección. La poligamia caracterizaba a las tribus del norte y la monogamia a las del sur; entre los guamares y los guachichiles, la esposa tenía mayor libertad que en otras partes. Había matrimonios tanto tribales como intertribales, estos últimos a veces para hacer la paz.

Las diversiones de los chichimecas generalmente tenían alguna significación religiosa o práctica, que contribuía al tipo de guerra que podían hacer a los blancos. Las principales diversiones, aún para los niños más pequeños incluían el uso del arco y la flecha. Su juego ritual de pelota, variante del juego llamado batey entre los mexicanos, era un deporte agotador, que a menudo se practicaba durante muchas horas en un campo que podía tener kilómetros de longitud. Al parecer, disponía en abundancia de intoxicables, y tenían a la bebida como una de sus ocupaciones favoritas, “porq(ue)” como barrocamente dice  Gonzalo  de las Casas, “hasta hoy no se a hallado nación q(ue) se contente con beber sólo agua”. La bebida y las danzas ceremoniales se efectuaban alrededor de un fuego, por la noche, diversión que a menudo se combinaba con un frenesí nacido de las creencias religiosas. Con alcohol y peyote, más la percusión emocional de sus brujos, las admoniciones de sus ancianas (cuyos consejos se tenían en muy alta estima) y la danza, entraban en un estado de furor bélico que resultaba temible cuando atacaban a sus enemigos.

El guerrero chichimeca de México del siglo XVI era un luchador formidable, uno de los que más tercamente resistieron la invasión española del continente americano.

La importancia de los ataques de los chichimecas a los españoles y a otros indios variaba con el tiempo y el lugar. En los primeros años de depredación, los chichimecas atacaron en grupos hasta de 200 guerreros o más; en el país cazcán, los atacantes podían ser hasta 1000 guerreros. Al parecer, su conocimiento del triunfo militar español sobre las tribus y naciones de los límites meridionales de la Gran Chichimeca (principalmente en la Guerra del Mixtón) los resolvió a atacar con fuerzas relativamente numerosas. El éxito de sus primeros ataques , el fracaso de los españoles para defenderse y organizar expediciones de represalias, la difusión de la guerra por el norte, entre grupos tribales más pequeños, determinaron una reducción de las cuadrillas asaltantes chichimecas. Durante la mayor parte del primer medio siglo, el ataque era efectuado por una cuadrilla de 40 o 50 guerreros; este número podía variar desde cuatro o cinco hasta 200 pero rara vez más. El número de los asaltos era determinado por el conocimiento del botín que podían obtener en los campamentos y caminos de los blancos. Cuando esta información cundió tierra adentro por la boca de los comerciantes, nuevas tribus a distancias cada vez mayores de la escena del conflicto, enviaron guerreros a la lucha.

Los primeros ataques chichimecas tuvieron por objetivo principal el tráfico de los caminos de las nuevas minas de plata y de las estancias cercanas a la tierra de guerra. Al aumentar la audiencia de los guerreros aborígenes, decidieron atacar en mayor escala y saquear los campamentos de indios y españoles pacíficos. Esta intensificación de los ataques a veces fue  consecuencia  de que los españoles les parecieron “confederaciones” o “ligas generales” entre las tribus y naciones chichimecas, es decir, alianzas con el fin de exterminar la blancura (o sea los rostros pálidos).

La táctica favorita de los chichimecas, era la emboscada. Se preparaba una trampa en un cañón estrecho, en terreno rocoso, o al menos de difícil acceso, en la boca de una cañada o en un lugar con superficie boscosa para ocultar a los atacantes. El sitio de tales ataques también era determinado por el terreno contiguo, pues los guerreros tenían que asegurarse de que habría para ellos rutas de escape por las que no pudieran perseguirlos los jinetes españoles. En caso de persecución, los chichimecas se dividían en pequeñas partidas para reducir toda posibilidad de captura.

Para los ataques, fueron emboscadas o saqueos a una estancia o poblado, la hora preferida era la del alba o del crepúsculo; toque de estrategia que, al parecer, aprendieron de sus enemigos españoles. Los guerreros aborígenes atacaban desde corta distancia y con gran velocidad, con acompañamiento de sus gritos que helaban la sangre, y de una inmediata lluvia de flechas. Avanzaban un tanto separados unos de otros - “para ver mejor el vuelo de la flecha y protegerse de ella” y trataban de proteger sus cuerpos desnudos y grotescamente pintados, con el arco y cuatro o cinco flechas sujetas en una mano. La sorpresa, la desnudez, la pintura, los gritos y los rápidos tiros, tenían por objeto, todos ellos, aterrorizar a sus víctimas y a sus animales. Hay sobradas pruebas de que habitualmente lo lograban.

En el combate cuerpo a cuerpo, el guerrero chichimeca pronto se ganó entre los españoles y otros indios una reputación de gran valor y ferocidad. Esto era al menos parcialmente atribuible a que acostumbraban tomar bebidas alcohólicas y drogas antes de entrar en combate. Al luchar contra otros indios (mexicanos, tarascos, cazcanes), parte de su valor podía atribuirse al desprecio que sentía hacia las tribus que habían adoptado el sistema de vida del hombre blanco. Y como ya se indicó, el chichimeca llegó a sentir menos respeto hacia el propio español, al ver que muchos de sus ataques quedaban impunes.

El guerrero chichimeca se preparaba para la batalla con prolongadas libaciones y danzas, y de la misma manera celebraba la victoria. En su danza de guerra (mitote), trababa los brazos con los de sus compañeros, y todos gritaban vigorosamente en un círculo alrededor de una hoguera; hacían esto de noche, a diferencia de la mayoría de los pueblos sedentarios de México. Este frenesí guerrero provocado artificialmente iba acompañado por augurios que le ayudaban a decidir por adelantado su técnica y la dirección que éste debía tomar.

Por su contacto con las prácticas militares españolas también indujo a los chichimecas a tomar medidas prácticas para asegurar su triunfo en la lucha. Empezaron a enviar espías a los poblados hispanoindios para conocer sus fuerzas y tratar de adivinar los planes del enemigo. Desarrollaron un vasto sistema de atalayas y centinelas; y en sus grandes ataques, los poblados enemigos eran previamente debilitados por asesinatos y robos de caballos y de otros animales aparentemente sistemáticos; éste era un intento, a veces bien logrado, de cambiar de enemigo: en lugar de jinetes, infantes.

Cuando el chichimeca protegido por montañas o por alguna otra formación natural, por lo general ofrecía vigorosa resistencia, en especial si no se podía evitar la lucha. En tales casos peleaban con flechas, macanas o rocas detrás de barreras naturales (o en caravanas), a veces previamente fortalecidas con manos y su ingenio. Aún las mujeres tomaban parte en la lucha, con las armas de los caídos. Los guerreros no solían rendirse y se sabían con enorme vigor aún después de recibir heridas mortales.

Lo astuto de sus prácticas, tanto en el combate cuerpo a cuerpo como en la huida después de la captura, fue muchas veces comentado por los españoles de la época. “Tienen tantos ardides que dudo que soldados muy biejos de Ytalia los tengan tan buenos finalmente no yntenta cossa que no salga con ella”. “Ellos defienden bien su capa sin tenella, y pelean y escaramuzan como si fuesen moros de Granada”. “Asimismo vido este testigo otra vez estar quatro hombres de acavallo españoles sobre un yndio dellos y a los tres españoles les quito las lanzas que llevaban con tener vna dellas metida por el cuerpo y los dishos españoles estavan armados”.

Las prácticas de lucha chichimeca experimentaron algunos cambios en el curso de las pugnas del siglo XVI. Ya hemos mencionado su uso de espías, su destrucción estratégica del ganado y su adopción del ataque español por sorpresa al alba o al anochecer. Además, los jefes chichimecas aumentaron su eficiencia en la guerra al aprender los sistemas españoles, a veces como resultado de un cautiverio o de lo que, de niños, les habían enseñado los misioneros. Los capitanes ladinos fueron responsables de algunos de los mayores obstáculos puesto al avance de los españoles en la Gran Chichimeca. La invasión española también parece haber fortalecido los nexos políticos de los aborígenes, hasta tal grado que una lucha localizada en una parte de la Gran Chichimeca al parecer excitó y puso definitivamente en pie de guerra a tribus asentadas en muy distantes rincones de la frontera.

El arma principal del guerrero chichimeca era el arco y la flecha, y su habilidad con ellos fue causa de admiración entre los españoles y sus aliados indios. Por una parte, el guerrero nómada podía soltar sus flechas con mayor rapidez que el español manipular su arcabuz o ballesta; asimismo, la capacidad destructiva de las armas españolas se veía menoscabada por lo súbito del ataque chichimeca a corta distancia. Desde luego, las armas de los españoles eran más mortíferas en los ataques iniciados por ellos mismos; pero durante la mayor parte del medio siglo del conflicto, la guerra consistió en defensa española contra ataque chichimeca.

La puntería del chichimeca con el arco y la flecha provocó muchos comentarios de respeto y temor entre sus enemigos españoles. “En vna ocasión vi tirar a lo alto una naranja, y le tiraron tantas flechas, que aviendola tenido en el ayre mucho tiempo, cayo al cabo hecha minutissimos pedazos”. “Que a opinión de hombres prácticos de naciones extranjeras [los zacatecos] son los mayores flechores del mundo”. “Matan liebres, q[ue], aun corriendo, las enclavan con los arcos, y venados, y abes, y otras chucherías q[ue] andan por el campo q[ue] hasta los rratones no perdonan. También algunos alcançan pescado. Y los pescan con la flecha”. Los niños chichimecas eran enseñados a utilizar el arco desde que podían andar y practicaban tirando contra insectos y pequeños animales.

La fuerza y el poder de penetración del arco chichimeca siempre fue motivo de asombro para los españoles, particularmente por la extrema delgadez de la caña de la flecha. “A contecido Peleando vnos soldados con yndios Chichimecas por defenderles vna rrequa cargada de mercadería de dar un flechazo á vn soldado en el frasco que tiene la polbora y se le pasaron de parte á parte y una quera de onze queros de gamuza y vna cota y vn jabón y le yrieron del dho flechazo”. “A acontecido tirar a un cauallo en que andauan un soldado Peleando y darle en la testera que hera de vn esquiaipil muy fuerte y pasar la flecha de la dha arma y la cabeca y salir por el pequeso y entrarle por el pecho cossa que ciertamente si no tuuiera por muy cierta Parece cossa yncreible”. “A un soldado de don Alonso de Castilla le diero[n] un flechazo, e[n] la cábeça del caballo sobre vna testera doblada de cuero de vaca y vna hoja de lata y le pasaron la cabeça y pecho, hasta q[ue] dio redondo con el caballo muerto e[ne]l suelo, esto viero[n] muchos q[ue] son viuos”.

El arco chichimeca era de unos dos tercios de largo de un cuerpo mediano y llegaba, aproximadamente, de la cabeza a la rodilla; probablemente estaba hecho de materiales como chopo, mimbre, mezquite o junípero: las maderas que podían encontrarse en la zona. La flecha, de unos dos tercios de largo del arco, era sumamente fina, habitualmente de caña y con punta de obsidiana, sujeta a la caña por fibras humanas o tendones de animales. Lo corto del arco, lo frágil de la flecha y el filo conchoidal de la obsidiana se combinaban para lograr una penetración que para los españoles resultaba casi inverosímil. El hecho de que la flecha chichimeca atravesara cualquier malla, excepto las de trama muy apretada, propició que en la frontera los españoles utilizaran cada vez más la armadura de gamuza.

En el curso de la Guerra Chichimeca, los daños infligidos a los españoles e indios por los guerreros nómadas superaron con mucho, tanto en propiedades como en vidas, directa o indirectamente, a todo enfrentamiento anterior entre los españoles y los indios. Aunque los cálculos de tales daños sólo son fragmentarios y quizás no muy fidedignos, sí puede discernirse una pauta del comportamiento guerrero de los chichimecas, sobre la base del tipo de daño infringido. En la primera década de la lucha, alrededor de 1560, el chichimeca fue básicamente salteador de estancias y caminos; atraían su atención tales lugares en primer lugar porque no estaban bien defendidos y le ofrecían un rico botín en ganado, principal objetivo del nómada siempre preocupado por el alimento. Después de 1560, y especialmente en la década de 1570, los chichimecas se dedicaron a atacar los poblados. Para mediados de la misma década, el chichimeca se había convertido en saqueador de poblados, que incendiaba casas, saqueaba y quemaba iglesias. Para entonces también estaba atacando ya las más numerosas caravanas de carretas. Al ampliar así su tipo de ataque, el guerrero chichimeca también extendió la tierra de guerra más allá de sus límites primitivos, atacando muy dentro de la provincia de Jilotepec, a través del río Lerma y muy cerca de Guadalajara y aún en la ciudad de México. Entre 1575 y 1585, también atacó con mayor frecuencia en terreno abierto y plano, mostrando mayor audiencia que nunca.

Algunos otros factores, en parte psicológicos, ayudaron a determinar la eficiencia del combatiente chichimeca. En sus propias prácticas religiosas y en su temprana antipatía al cristianismo, en su reacción ante la conducta y las posesiones de los españoles, en su actitud hacia el triunfo y la derrota militares, pueden encontrase influencias motivadoras que mantuvieron al chichimeca en guerra durante tanto tiempo contra el avance del hombre blanco.

Otros componentes de la conformación mental del guerrero chichimeca le imponían a mantenerse en guerra con sus vecinos más pacíficos y con los españoles. Entre las factores citados con mayor frecuencia por los observados españoles se encuentran: el conocimiento o la sospecha del mal trato que el chichimeca podían recibir de manos enemigas, acentuado por el comportamiento de algunos de los españoles e indios sedentarios más irresponsables que entraron en contacto con los chichimecas; un poderoso espíritu de venganza, inducido por injusticias, reales o imaginarias perpetradas por sus enemigos. Una falta de buena fe para cumplir con los términos de los acuerdos de paz, aun cuando la paz fuera acompañada por presentes alimenticios y de ropa; una creciente hostilidad, al triunfo y quedar impunes sus ataques, acompañados de jactancia e intimidación a las tribus neutrales o pacíficas, para que entraran en guerra con los Chichimecas; un antagonismo frecuentemente expresado hacia el cristianismo, actitud que había tenido cierta influencia en la Guerra del Mixtón y que continuó con la Gran Chichimeca. Un instinto de adquisición, agudizado por su descubrimiento de ciertos artículos españoles introducidos en la Gran Chichimeca, especialmente animales y atuendos.

En el último análisis, de todos los factores que hicieron del guerrero chichimeca un combatiente tenaz y sumamente efectivo sería básicamente la actitud de los españoles hacia los chichimecas lo que establecería los métodos utilizados para incorporar a los indómitos tribeños al esquema de vida del blanco. Los españoles pronto cobraron conciencia de la capacidad de su enemigo en guerra, aunque en general siguieron despreciándolo por causa de su “salvajismo”. Los guerreros del norte eran  “hombres  bárbaros  y  atrevidos” y “grandes ladrones”; “la gente más velicosa de yndios que se ha visto en estas Yndias”, “gente indómita y arrogante con una audacia que crece día tras día”; “azote... tan poderoso que los españoles tiemblan a su sola mención”.

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