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Para adentrarnos en conocernos, aún en forma somera, muy necesario es saber
los orígenes de nuestros antepasados, quiénes eran, cómo vivían, qué comían,
etc., para esto he recopilando datos considerados importantes, los que he
obtenido de fuentes fidedignas como: México a Través de los Siglos,
Enciclopedia de México, algunos datos de bibliografías menores pero
de gran valor, igualmente del libro “La Guerra Chichimeca”; del Sr.
PHILIP W. POWELL; de quien he tomado lo más grueso he importante, porque
considero muy completas sus investigaciones, hechas tanto en España, varios
Estados de la República y Estados Unidos de Norteamérica (él es
egresado de la Universidad de California). Norteamericano al fin,
quiso conocer y profundizar, principalmente en la Gran Chichimeca del siglo
XVI, investigó, según marca la bibliografía, archivos con legajos y fechas y
en fin todas las fuentes -históricamente hablando- verdaderas para escribir
éste libro histórico que nos muestra muy claramente quiénes fueron, cómo
fueron y qué hicieron los indígenas de ésta región en la que está enclavada
Ojuelos de Xalisco, por qué se fundó, en qué año se fundó, motivos muy
importantes que siguiendo y arrancando páginas de esto tan interesante me
permito con el permiso del Sr. POWELL, plasmar lo que vendrá a continuación.
“A fines del año 1546, una pequeña
porción de soldados españoles, acompañado por una fuerza más numerosa de
aliados indios y por unos cuantos frailes franciscanos, descubrieron unas
cordillera que tenía plata, muchas leguas al norte y al oeste de la gran
ciudad de México. El lugar del descubrimiento fue llamado Zacatecas. Esta
plata desencadenó una serie de acontecimientos de vital importancia para el
desarrollo de México.
La afluencia de indios y españolas a
la bonanza de Zacatecas, ya en auge hacia 1550. lanzó al hombre blanco y a
su omnipotente aliado indio hacia tierras desconocidas y hostiles. Los
aguerridos indígenas nómadas de ésta nueva frontera opusieron una enconada
resistencia al avance de los pueblos cristianos y sedentarios que llegaban
del sur. Ricos depósitos argentíferos permanecieron vírgenes, a menudo por
la amenaza o la realidad del ataque de los indios. Por la misma razón, los
nuevos poblados a veces se convirtieron en pueblos fantasmas; el comercio y
el desplazamiento fueron severamente limitados. Las tácticas bélicas de
éstos guerreros del norte eran tan eficaces y devastadoras que obligaron a
los jefes militares, políticos y religiosos españoles a hacer frecuentes
pausas y enfrentarse a muchos problemas de la guerra y de la paz que no
habían conocido los conquistadores de antaño.
En las siguientes páginas se anotara
la historia de esa lucha indoespañola en la forma argentífera del México del
siglo XVI”.
MAs de dos
dEcadas después de que los
capitanes, soldados y aliados indios de Cortés habían tomado la capital
Azteca de Tenochtitlán en 1521, el sueño de las grandes riquezas que
encontrarían en algún lugar del interior de México seguían obsesionando a
exploradores y conquistadores y los movió a emprender audaces intentos de
expansión, más allá de la tierra ganada en las primeras victorias.
En
su búsqueda encontraron oro y plata, pero en cantidades relativamente
pequeñas: lo suficiente para excitar el apetito y mantener con vida el
sueño.
Durante aquellos años, las mayores esperanzas se centraron en las tierras
inexploradas al norte y al oeste de la ciudad de México. En algún lugar,
siempre más lejano, se realizaría un gran descubrimiento. Así entre 1529 y
1536, Nuño de Guzmán, aventurero, político y excitador, asoló las tierras
situadas al norte y al oeste de la capital hispanoazteca y formó la
provincia llamada Nueva Galicia, que pronto se centró en la región
Guadalajara- Compostela; el hermano Marcos y después Coronado recorrieron
los límites septentrionales de la meseta central en infructuosa búsqueda de
ciudades fabulosas y posibles riquezas.
Cuando Coronado no encontró grandes riquezas ni reinos en el norte
(1540-1542), las esperanzas empezaron a desvanecerse. El fracaso de Coronado
coincidió con un vigoroso intento de los indios por arrojar a los españoles
de sus puestos avanzados del noroeste, en la Nueva Galicia. Este conflicto,
llamado La Guerra de Mixtón (1541-1542), reveló una sorprendente fuerza
bélica entre los tribeños seminómadas del norte de Guadalajara. Los
españoles y sus aliados estuvieron a punto de ser vencidos en ésta guerra,
lo que no pareció augurar nada bueno para quienes seguían soñando con
encontrar riquezas en el norte.
Hasta 1543, ningún español había efectuado una incursión verdadera o
provechosa en la zona norte de la meseta central, más allá de las fronteras
tradicionales de las tribus sedentarias que habían caído bajo los golpes de
los capitanes de Cortés. Entre las dos grandes sierras oriental y
occidental, y al norte de una línea que, aproximadamente, iba de Querétaro a
Guadalajara, México seguía siendo un misterio para los invasores blancos,
así como, durante décadas y aún siglos, había sido imposible de conquistar
para los semicivilizados aztecas, otomíes y tarascos.
El
fracaso de Coronado y la casi derrota del Mixtón dejaron el avance de las
fronteras en manos de los propietarios de ranchos y los misioneros, cuyo
paso, menos espectacular y más lento, demuestra ser más firme. Iniciada en
ésta escala importante a principios de la década de 1540, la consolidación y
la expansión de la vida sedentaria a lo largo de la frontera sur de las
tierras desconocidas, fue internándose en las sierras orientales, fue
básicamente obra de ganaderos y frailes, junto con el avance hacia el norte
de algunos colonos indios. Al norte y al este de Guadalajara, unas cuantas
expediciones de exploración y al avance de las empresas ganaderas empezaron
a abrir algunos nuevos territorios más allá del centro de la lucha del
Mixtón.
Durante los primeros años de la década entró oficialmente en existencia una
nueva provincia, “De Los Chichimecas”, cuando ganaderos y misioneros
avanzaron hacia el occidente desde Querétaro, hacia el norte desde Michoacán
y hacia el noreste desde Guadalajara.
El
nombre de ésta provincia se derivó del epíteto genérico aplicado durante
largo tiempo a los indios nómadas y paganos del norte. La provincia de los
chichimecas, con abundantes escondrijos entre los montes para las muchas
tribus guerreras que albergaban, eran tierras peligrosas. Sobre todo después
de la Guerra del Mixtón, fue reconocida como una fuente de peligro potencial
para la línea de comunicaciones entre la ciudad de México y Guadalajara.
El primer virrey de México, Antonio de Mendoza (1535-1550),
quien en persona encabezó las tropas en la Guerra del Mixtón, prestó
atención a la posibilidad de un ataque de guerreros chichimecas, que
rondaban por las sierras de Guanajuato.
Siguiendo una conocida práctica española el virrey Mendoza fortaleció la
posición de los españoles radicados en la nueva España, mediante concesiones
de encomiendas y tierras a los principales conquistadores. Los favorecidos
estaban obligados a prestar servicio militar u otra ayuda en tiempo de
crisis y esto, además de su prestigio como caudillos naturales, hizo de
éstos hombres verdaderos bastiones de la empresa, defendiendo la frontera.
Uno de los primeros y más grande de éstos defensores fronterizos fue Hernán
Pérez de Bocanegra y Córdoba, encomendero de Acámbaro y Apaseo. Antes de
terminar 1542 se le habían concedido tierras para instalar molinos y una
posada en Apaseo, núcleo de la colonización en la demarcación misma de las
tribus chichimecas. Antes, Pérez de Bocanegra había intervenido para
establecer relaciones pacíficas con el cacique otomí de la provincia de
Jilotepec, al norte de la ciudad de México, había actuado como capitán
general de la Nueva España, mientras Mendoza encabezaba las tribus en las
tierras del Mixtón.
De
manera similar Juan Infante, un encomendero establecido en la región
montañosa de Comanja, era el hombre fuerte de aquellas sierras, país agreste
que había de ser un valuarte crítico en el próximo choque con las tribus
nómadas. Otro de tales jefes fue Juan Jaramillo, encomendero de Jilotepec y
uno de los conquistadores de Tenochtitlán. Había recibido extensas
concesiones de tierra para criar ganado en las sierras de Comanja, en sus
alrededores y en la excipiente ciudad hispanoindia de San Miguel. Estas
tierras probablemente se debían a exploraciones hechas por Juan Jaramillo en
la Gran Chichimeca, con autorización del virrey Antonio de Mendoza a fines
de 1543.
En
1543 y 1544, se otorgaron bastantes concesiones virreinales de tierras en la
nueva provincia de los chichimecas. Al mismo tiempo que se otorgaban
concesiones a cierto Martín Jofre para criar ganado y gusano de seda (entre
Acámbaro y los chichimecas blancos), a la viuda del famoso conquistador Gil
González Dávila y a otro en “las marismas de los chichimecas”, para
criar ganado, el virrey estaba concediendo estancias al obispado de
Michoacán, porque ésta jurisdicción eclesiástica estaba “cerca de los
chichimecas y mejor preparada para atraerlos a nuestra santa fe”. Y con
motivos lo mismo espirituales que de defensa, Juan de Villaseñor fue
encomendero en la zona de Pénjamo, puesto avanzado en la Gran Chichimeca.
Villaseñor en cooperación con los tarascos con los religiosos de Michoacán y
con los guámares chichimecas, fundó la ciudad de Pénjamo, que había de
levantar un inapreciable valuarte contra posteriores incursiones de los
chichimecas.
La
mayor importancia para la conversión de las tribus chichimecas entre la
sierra oriental y occidental fueron los franciscanos que avanzaron hacia el
norte a partir de Acámbaro. Fray Juan de San Miguel, guardián de la casa de
Acámbaro pintor en la Gran Chichimeca en 1542, ayudó a establecer una línea
de guámares chichimecas, otomíes y tarascos cerca del sitio de la ciudad de
San Miguel. Apoyando su obra en éstos cimientos el enérgico fraile hizo
varias entradas en las tierras de los guámares y de los
guachichiles,
llegando hasta el peligroso terreno de Río Verde. Pronto contó fray Juan con
la ayuda de un franciscano francés, Bernardo de Coccín, quien fue a San
Miguel como guardián y levantó allí una iglesia y un convento. Coccín
también penetró en los terrenos de Río Verde del importante poblado indio de
Sichu. Al menos una parte de los gastos de éste primer avance franciscano
por tierra de los chichimecas fue costeado por el propio virrey Mendoza.
Fomentando el establecimiento de hospitales y escuelas, cuidando de los
niños chichimecas, valiéndose de intérpretes y de catecúmenos entre sus
primeros conversos, a veces levantando un jacal para que sirviera de
iglesia, éstos avances de la Fe Cristiana, fueron formando la estructura que
con el tiempo sostendría toda la frontera. En general, la estructura
espiritual se mantuvo y siguió creciendo, aún cuando algunos de sus
arquitectos cayeron bajo lluvias de flechas indígenas.
En
el límite sudoccidental de los chichimecas, el conflicto entre los indios y
los españoles nunca había cesado por completo después de la Guerra del
Mixtón. Desde las sierras de Acaponeta hasta las de Guanajuato, aún
subsistía cierta hostilidad he inquietud general que pronto se concentraría
en la lucha en gran escala que comenzó en 1550, pese a las medidas del
virrey destinadas a obtener la cooperación de las ciudades y los
funcionarios de ahí y de los territorios cercanos para impedir que las
cenizas del Mixtón volvieran a encenderse. Entre 1542 y 1546, los capitanes
de la Nueva Galicia se ocuparon frecuentemente de algunas rebeliones de
indios, sin dejar por ello de buscar riquezas minerales. Así, Juan Fernández
de Hijar y Cristóbal de Oñate, héroes y veteranos de la Guerra del Mixtón,
descubrieron importantes yacimientos de oro y plata en las sierras cercanas
a Guadalajara, que ensancharon la base de la colonización española en la
Nueva Galicia y mantuvieron vivas las esperanzas de encontrar grandes
riquezas en la zona. También se llegó a algún progreso al incorporar a los
cazcanes (principales tribus que habían intervenido en la Guerra
del Mixtón) al sistema español; la precaria paz de 1542 fue seguida por un
avance de la colonización hacia el norte y este de Guadalajara.
Al
considerar la expansión de las fronteras de aquellos años, el virrey Mendoza
no descuidó las recién creadas necesidades de los avances de la
colonización. Además de seguir sus prácticas habituales de dividir los
nuevos distritos mineros en pequeñas provincias gobernadas por alcaldes
mayores de minas, Mendoza estableció una jurisdicción política y judicial de
las nuevas provincias chichimecas. Antes de terminar la década, ya habían
nombrado al menos dos corregidores sucesivos para la provincia, con
responsabilidades de justicia y de gobierno general. A mediados de 1550, el
trabajo ya era excesivo para un funcionario, y en la jurisdicción fue
nombrado un juez auxiliar. Además de estos puestos permanentes, el virrey
enviaba ocasionalmente a dos comisionados especiales a los poblados de
Jilotepec e Izmiquilpan a investigar y a informar de diversos asuntos,
incluso los disturbios causados por los chichimecas. Así, en Abril de 1550
fue enviado a Querétaro un funcionario indio, a investigar ciertos informes
de que los chichimecas estaban causando considerable inquietud por sus
“sacrificios, orgías de embriaguez e idolatría” y dañando ciertas
propiedades con estas prácticas.
De
este modo los límites de la colonización hispanoindia avanzaba gradualmente
por el altiplano interior durante la década de 1540, preparando la escena
para el pleno efecto de los pueblos sedentarios sobre las tribus indómitas.
Hasta fines de 1546 nada indicaba que pudiera haber ningún cambio radical en
esta pauta de lentos avances. Luego, de pronto, de más allá de los puestos
más avanzados llegaron noticias fantásticas a los poblados de la Nueva
Galicia; la clase de noticias capaces de galvanizar a toda una frontera y a
todo un reino para emprender una nueva acción audaz y vigorosa, apresurando
enormemente la expansión de un imperio.
El
8 de Septiembre de 1546, un grupo de jinetes españoles, acompañados por
cuatro franciscanos y algunos ayudantes indígenas, acampó al pie de un gran
cerro en forma de joroba, muchas leguas al norte de los poblados
indoespañoles de la Nueva Galicia. Desde entonces este cerro a sido llamado
“de la Bufa”. El grupo había llegado a aquella región agreste y escarpada,
tan lejos de Guadalajara, su punto de partida, con los propósitos combinados
de salvar almas de paganos y buscar riquezas minerales.
Los audaces exploradores, avezados en la fe, en efecto habían encontrado
almas paganas, pero los desnudos aborígenes de los alrededores de la Bufa
corrían a ocultarse al ver aparecer a los hombres blancos. Los indios se
ponían a salvo trepando a La Bufa, refugio natural que utilizaban como
fortaleza contra los ataques de tribus enemigas, y desde arriba observaban a
los intrusos. No les faltaban razones para temer a los blancos, porque
muchos guerreros de aquellas tribus de Zacatecas habían participado en la
reciente Guerra del Mixtón.
Sin embargo, el jefe de la tribu española, capitán Juan de Tolosa, no tenía
intenciones de provocar conflictos. En cambio deseaba entablar relaciones
pacíficas con los zacatecas. Si los indígenas, con su superioridad numérica,
decidían atacarlos, la expedición sufriría graves daños. La defensa de sus
vidas no los dejaría buscar almas ni metales.
Precavido, Tolosa llevaba medios de trasmitir sus intenciones pacíficas a
los desconfiados aborígenes. Los ayudantes indios que iban con los
españoles, especialmente los de las tribus de Juchipila, habían sido aliados
de los zacatecas en el levantamiento del Mixtón. Estos, que entendían la
lengua de los ayudantes de Tolosa, al parecer quedaron impresionados por la
nueva relación entre los Juchipilas y los blancos. Mediante palabras y
acción, con los Juchipilas como intermediarios, Tolosa logró convencer a los
zacatecas de que no intentaban causarles ningún mal.
Al
acercarse los zacatecas, Tolosa les obsequio algunas chucherías; ellos
parecieron complacidos y correspondieron a su generosidad dando a los
blancos algunas pepitas de plata.
Casi huelga decir que Tolosa y sus expedicionarios quedaron impresionados
con aquellas muestras de una riqueza potencial, que vieron en sus propias
manos; les parecieron una ganancia importante para una pequeña inversión
inicial en chucherías y en comportamiento pacífico. Los aborígenes enseñaron
a Tolosa la localización de unos depósitos de plata, el capitán y sus
hombres se dedicaron sin tardanza a explorar los cerros que rodeaban al de
La Bufa. Tolosa también envió varias mulas cargadas de mineral a Nochistlán,
donde podrían aquilatarse su contenido en plata. Así empezó a salir hacia el
sur la plata de Zacatecas; pronto sería un torrente que alteraría los
destinos de España y de toda Europa y que, en su terreno, daría su carácter
distintivo a gran parte de la vida mexicana.
El
descubrimiento de la plata de Zacatecas fue consecuencia de las
explotaciones de las tierras recién conquistadas citas al norte de
Guadalajara, en aquella Nueva Galicia fundada por Nuño de Guzmán y
difícilmente conservada durante la Guerra del Mixtón y la subsiguiente etapa
de inquietud de las tribus indígenas. De esta zona llegaron hombres ya lo
bastante endurecidos por la guerra y por las difíciles exploraciones para
poder enfrentarse con perspectivas de éxito a las vicisitudes y las
penalidades de la vida en una frontera lejana y peligrosa. Esto fue un
acierto, pues las fabulosas fortunas ocultas en las montañas de Zacatecas
deberían ser pagadas con peligros constantes y frecuente derramamiento de
sangre.
La
expedición de Tolosa a las primeras minas de Zacatecas, fueron organizadas y
pagadas por un reducido grupo de tales veteranos y catadores. Al capitán
Cristóbal de Oñate, gobernador en funciones de la Nueva Galicia antes y
durante la Guerra del Mixtón, fue uno de los cuatro principales pilares de
la minería Zacatecana, y su influencia se sintió por toda la frontera de la
plata hasta 1567, año de su muerte. Diego de Ibarra, un vascongado (como
Oñate y Tolosa), que había sido herido varias veces combatiendo con las
tropas del virrey Mendoza durante la Guerra del Mixtón, junto con Oñate se
dedicó a la ganadería en la nueva frontera, y ambos empezaron a abrir
caminos hacia el norte. Con la riqueza ganada en Zacatecas, Ibarra pudo
financiar, en una década, costosas expediciones y asentamientos en la
frontera, que estuvieron a cargo de Francisco de Ibarra. Baltazar Temeño de
Bañuelos, tercero de los “Cuatro Grandes” descubridores y primeros
colonizadores y mineros de Zacatecas, después sería capitán general contra
los guerreros chichimecas, y uno de los jefes del gobierno de la nueva
ciudad de Zacatecas. El propio Tolosa había participado en la conquista de
la Nueva Galicia, con Nuño de Guzmán, y en la Guerra del Mixtón. Su rápido
enriquecimiento en Zacatecas y los servicios que había prestado a la corona
habían de valerle la mano de Doña Leonor Cortés Moctezuma, hija del gran
conquistador y de la princesa azteca Isabel Moctezuma. Una de las hijas de
Tolosa se casaría con el famoso colonizador de Nuevo México, Juan de Oñate,
hijo de Cristóbal.
Estos fueron los hombres que abrieron las riquezas del norte, que
organizaron los primeros campos mineros en las vetas de Zacatecas, que
arriesgaron su capital, su energía y sus vidas en las más arriesgadas
empresas, que iniciaron una “aristocracia de la plata” modificadora de la
vida mexicana, que fueron los baluartes de la expansión de la frontera y de
su defensa contra los ataques de la tribus indómitas.
La
gran carrera hacia las minas, durante 1549 y 1550, inició una nueva fase del
desarrollo de Zacatecas. Diego de Ibarra ya no se quejó de dificultades por
falta de colonos; pronto llegaron a los campos mineros en tal cantidad que
la minería pudo expandirse con rapidez y el peligro de un ataque indio a
Zacatecas se redujo considerablemente; puede obtenerse un indicio de la
importancia de esta carrera hacia el norte por las muchas quejas formuladas
en Guadalajara de que los antiguos asentamientos de la Nueva Galicia estaban
quedando casi despoblados, hasta el grado de que los funcionarios del
gobierno tenían poco que hacer y se les consideraba casi superfluos. Otra
indicación del rápido cambio de Zacatecas puede verse en los informes de la
extensión de las operaciones de Diego de Ibarra. En 1548, se aferraba a un
precario puesto de una sola casa. En Marzo de 1550 se informó que tenía
amplios aposentos, toda una cuadrilla de soldados entre sus hombres y una
cantidad adecuada de trabajadores españoles y de esclavos negros, de recuas
de mulas y de vagones, de molinos y de muchas otras piezas. Seguía
manteniendo abierta su casa para los viajeros, y aún les hacía préstamos,
para allá iba camino de la riqueza y de la relativa seguridad.
Un
mes más tarde, abril de 1550, un investigador oficial pudo informar que
había 34 compañías (o sociedades) propietarios y operadores de minas en
Zacatecas, con fundidores y con mano de obra de esclavos negros y de indios
libres. Cristóbal de Oñate tenía una residencia, 13 molinos de mineral y
fundidores, más de 100 esclavos y una iglesia para sus trabajadores. Había
muchas otras residencias, tiendas, iglesias y un barrio indio en un poblado
en rápido crecimiento.
La
febril carrera hacia Zacatecas, ya en su apogeo para 1549, fue la primera
gran “estampida” hacia el norte. Las minas de Zacatecas se convirtieron en
un punto focal para la realización del gran sueño de hacerse rico de la
noche a la mañana, sueño que unos cuantos años antes había estado a punto de
desvanecerse.
Por desgracia para la subsiguiente explotación de estas minas y para la
tranquilidad de la nueva frontera de la plata, pronto se manifestó un serio
problema. La carrera hacia Zacatecas dejó atrás una larga extensión de
terreno no colonizado ni explorado, pues los nuevos campos mineros estaban
mucho más allá de los límites de las zonas de poblaciones sedentarias
conquistadas e invadidas por Cortés. Si este vasto terreno hubiese estado
totalmente deshabitado, el problema principal -las
comunicaciones- había sido realmente fácil de resolver con rapidez, pues la
apertura de caminos hacia las minas casi se mantuvo a mismo paso de las
carreras hacia las tierras argentíferas. Pero entre los ranchos ganaderos de
Querétaro y Michoacán, que avanzaban lentamente, entre los encomenderos de
Apaseo, Pénjamo, Comanja, Nochistlán y Juchipila, y las montañas
argentíferas de Zacatecas, había muchas tribus, rancherías y aún “naciones”
de hombres de guerra. La propia Zacatecas creció tan rápidamente que, al
cabo de unos meses, casi desapareció el peligro de su destrucción por un
ataque de los indios.
En
cambio, las carreteras abiertas por el nuevo tráfico entre los primeros
establecimientos, y los lejanos campos minerales no eran más que angostas
líneas que cruzaban tierras desconocidas. Los caminos hacia el norte -la
ruta de la plata hacia Zacatecas- eran demasiado débiles, y el tráfico que
circulaba por ellos era excesivamente vulnerable a los ataques de los
indios.
Los primeros que se dirigieron al norte estaban dominados por una sola idea
fija, la plata, -vetas madres y ricas venas que había que descubrir y
reclamar- riquezas que, de la noche a la mañana, encontrarían casi sin
esfuerzo, aportándoles vestimentas lujosas, grandes casas, poder, títulos,
prestigio social. Con la cabeza llena de estos sueños los que se dirigieron
hacia el norte no pensaron mucho en tomar medidas prácticas de precaución.
Rudo fue su despertar. Los caminos de la plata pronto se convirtieron en
campos de batalla. El robo, la tortura, el asesinato y la venganza fueron
crudas realidades. Caro sería el precio de los sueños, y había que pagarlo.
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